www.sportleon.com

En busca de ayuda

Más de 30 niños y niñas de todas las edades esperan encontrar un lugar en el que seguir disfrutando del boxeo en el Barrio de la Inmaculada.
Más de 30 niños y niñas de todas las edades esperan encontrar un lugar en el que seguir disfrutando del boxeo en el Barrio de la Inmaculada.

El sueño de ‘san Vicentín’ pende de un hilo

Barrul busca un lugar para entrenar a los niños de la Inmaculada tras ser desalojados del que ocupaban

lunes 17 de junio de 2013, 12:57h

google+

Comentar

Imprimir

Enviar

Un incendio dejó impracticable el refugio que había encontrado el exboxeador leonés que trata de dar una oportunidad a los niños y niñas de su barrio para que puedan crecer desde el trampolín y la motivación del deporte

No es fácil ser niño en el barrio de la Inmaculada. No es fácil encontrar un deporte con el que entretener el tiempo. Aún es más complicado que un medallista en campeonatos de España se ofrezca desinteresadamente a entrenar a esos niños que le recordaban a él cuando era como ellos. No era fácil, pero hay ocasiones en las que los milagros existen y eso fue lo que ocurrió hace unos meses. Vicente Barrul pasó por el barrio en el que creció y decidió que quería enseñar a esos niños que estaban en la calle el deporte que le apasiona, el boxeo. En unos meses ha conseguido reunir a más de 30 niños y niñas que esta semana se han quedado en la calle.

Desalojados de la nave abandonada que ocupaban porque amenazaba ruina, buscan un lugar en el que seguir dando forma a esa sueño de ‘san Vicentín’.

El concejal de Deportes de León, José María López Benito, que no supo nada de su aventura ni de su desalojo hasta que los chavales estaban ya en la calle, se está moviendo ahora junto a los responsables de la asociación de vecinos del barrio de la Inmaculada para buscar una solución y que el sueño tenga un final feliz.

Una llama de esperanza en una historia de ésas que se dan cada mucho tiempo y que empezó cuando Vicente Barrul, que en sus años mozos había sonado como futuro profesional del boxeo, buscó un sitio en el que dar forma a su sueño que él mismo recordaba entre lágrimas en la nota manuscrita que escribió la noche antes de quedarse en la calle: “No sé por dónde empezar por culpa de la pena que llevo dentro. –escribía el boxeador leonés– Intento ser positivo y sacar lo bueno de lo malo para calmar mi pena y seguir con el proyecto. Los más grande que hay en el mundo es estar con los niños, enseñarles un camino, educarlos en el deporte, vivir día a día con ellos, darles mis respetos y regalarles mi tiempo, contarles cómo me cambió la vida, la mente y mi cuerpo gracias al deporte. Darles, en fin, a entender que yo no tuve la oportunidad que ellos tienen ahora mismo. Cuando escribo estas líneas son las tres de la madrugada y no me puedo dormir. Pienso que mañana es el último día que vamos a estar en nuestro gimnasio, ése que hemos montado entre todos y al que tanto tiempo le hemos dedicado”, escribía Barrul.

Carrera de obstáculos

Y es que hasta los sueños se complican. Y el de ‘san Vicentín’ tuvo obstáculos desde el primer día. Nadie quería alquilarle un local para que montara su gimnasio, así que decidieron que utilizarían una vieja nave abandonada que está en la rotonda que hay delante del colegio Cervantes. Allí colocaron el cuadrilátero, los sacos, todo el aparataje para hacer sombras. Y, de repente, lo que empezó el primer día con media docena de niños, se convirtió en un furor tan grande que Vicente Barrul tenía ya a más de 30 niños y niñas que no se perdían ni un entrenamiento.

Cada vez más y cada vez mejor ambiente. En esa nave abandonada trabajaron hasta que llegó el primer mazazo. Un incendio devoró media nave. Se salvó la parte en la que estaba el cuadrilátero. Días después, el golpe definitivo. Otro incendio y un día llegó la Policía a decirles que sacaran de allí sus cosas porque había que derribar el tendejón para evitar un hundimiento de la estructura.

Estaban con los dos pies en la calle y Vicentín sintió el miedo de que todo se perdiera y que esa labor social que habían empezado no sirviera para nada. En aquellas mismas letras clarividentes que escribió de madrugada. Barrul lo explicaba mejor que nadie. “Son niños y jóvenes de entre 7 y 20 años que, el tiempo que están conmigo no lo pasan en la calle aprendiendo otras cosas que seguro no son tan buenas. Cuando los jóvenes están en el gimnasio, los padres saben que están en el mejor sitio. Allí aprenden un deporte, aprenden a respetar y aprenden a ser humildes. De hecho, creo que todos hemos aprendido a ser fuertes a pesar de las desgracias que nos han pasado en el gimnasio”.

Vicente Barrul explica gráficamente lo que supone para sus pupilos el boxeo. “Algunos de los que vienen a entrenarse tardan varios días en creérselo. Tienen la ilusión reflejada en sus ojos, están alegres, su bienestar, sus risas, su armonía, la esperanza por conseguir algo en la vida y ser un ejemplo bueno en su familia les delatan”. Él no pide nada para sí mismo. Tiene su trabajo y esto lo hace por puro impulso del corazón y eso es algo que quiere dejar muy claro: “Mi recompensa es verlos entrenar y disfrutar de la alegría con la que me abren la puerta. Una alegría que me carga las pilas cuando me marcho todos los días para mi casa, lleno de gozo, alegría y alguna que otra sensación que no sé explicar con palabras”.

Quizás por eso que sentían los jóvenes boxeadores y el entrenador que les manda, nadie se enteró de su salida de la nave abandonada. Callados, como entraron, recogieron sus cosas. Lo recuerda en su carta Vicente Barrul, con la sencillez que siempre le caracterizó,. “Por mucho dolor que tengamos, lo único que podíamos hacer era coger nuestras cosas y marcharnos a la buena de Dios a otro lugar, que no esté lejos del barrio y, a la vez, dar ejemplo porque, aunque somos personas pobres, somos gente respetuosa, humilde y con un buen corazón. Por eso nos fuimos de la misma manera que cuando inauguramos nuestro sueño, tomando un chocolate. Y esperamos que no sea el último que tomemos porque confío en volver a prepararlo cuando inauguremos nuestro nuevo gimnasio”.

“Tenemos fe en Dios”

Ahora el reto es buscar una solución. Mientras llega, Vicente Barrul los entretiene con otros deportes. “Estos días estamos quedando en el parque. Juego con ellos al fútbol, corremos, les preparo juegos... Ahora que hemos hecho lo más complicado, que era reunirlos, no quiero arriesgarme a perderlos, así que si tenemos que estar unas semanas en la calle, estaremos”, explica el exboxeador que afirma que se han tenido que ir de su refugio temporal, “pero vamos a seguir adelante aunque hayan derribado el gimnasio. Y lo haremos con la ayuda de Dios y los buenos corazones que estoy seguro que nos van a ayudar”.

Y en ello están. El nuevo pabellón del barrio parece complicado que sea su refugio. Las viejas escuelas de la Inmaculada sí pueden ser otra opción. El apoyo municipal puede ser importante. Y el de los buenos corazones que reclama Vicente Barrul, ‘san Vicentín de la Inmaculada’. No piensa renunciar a su sueño, por mucho que le cueste verlo cumplido. Es su sueño y aunque el dicho diga que “los sueños, sueños son”, él quiere que el suyo se haga realidad. Él va a poner todo de su parte. Sus niños, también. Se buscan más corazones buenos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios