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¿Cherokee? No, de La Virgen / Ángel García

Ángel Luis forma parte de los recuerdos de la Cultural.
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Ángel Luis forma parte de los recuerdos de la Cultural. (Foto: Historia de la Cultural)

Una infancia culturalista

De chaval, suponía una parafernalia el partido de los domingos, cada 15 días, en la Puentecilla que acabábamos en el Méjico

martes 03 de noviembre de 2015, 15:31h

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Cuando hablo de la Cultural se me llena la boca de recuerdos. Ya no soy socio, pero lo fui desde los doce, allá por el 86, con Rabanal como presidente

"Llevamos nuestra infancia con nosotros"
Gary Schmitd (escritor estadounidense)

Cuando hablo de la Cultural se me llena la boca de recuerdos, siempre de la mano de aquella infancia –ahora sería casi adolescencia- que aparece tan lejos en esos calendarios de bolsillo tan manidos en los años ochenta. Entonces el marketing de los pequeños empresarios se cimentaba en unos almanaques con escudos de clubes de fútbol, mujeres calurosas con escasa ropa y dibujos de gatitos (¿quién no tuvo alguno de aquellos?). El móvil se ha cargado una seña de identidad de bares que, en algunos de ellos, aceptaban el escudo culturalista como dorso de doce meses que pasaban volando.

Pero no se han llevado mis recuerdos blancos. Ya no soy socio, pero lo fui desde los doce, allá por el 86, con Rabanal como presidente. Una época a la que siguió el claroscuro, las penurias (unos días iba a desaparecer el club y al día siguiente resucitaba) y el frío institucional con Manolo, el de Blas, dirigiendo una de los momentos más emocionales que he vivido con Carrete en la banda exhibiendo, durante tres campañas, unos bemoles que hizo reverdecer un superávit de testosterona que, a los pobres de sueños, nos acostumbró a soñar –por escasos meses-.

Contextualizado, y como ya saben por aquí, soy de La Virgen (del Camino). De chaval, suponía una parafernalia el partido de los domingos, cada quince días, en aquella Puentecilla bautizada posteriormente en mis días como Antonio Amilivia, con el marcador aquel asociado a las cuartillas publicitarias donde te enterabas de los resultados. Mañana de catequesis institucionalizada en El Humilladero, con misa posterior del Padre Juan Antonio, y rápido, tras comer, a aquellos grises, de la Fernández, que nos dejaban en el Pasaje del Méjico en Ordoño. Cuando parábamos en Santo Domingo recorríamos el Húmedo anticipando las correrías de años posteriores. Eso sí, por El Barranco cruzábamos a grito pelado con palabras malsonantes, que para eso mostrábamos, como marca la psicología evolutiva, unas actitudes estúpidas que sólo repetiríamos en nuestros primeros amoríos, pocos años después.

Llegabas al campo con el frío, con las pipas, con la hoja del marcador, con tus amiguetes del pueblo; Óscar –que luego defendería al club en el año de Bedriñana- Charro, Ramiro, mi hermano Javi… y no veías nada, porque entonces se jugaba poco y se veía menos. Pero nos reíamos, mucho. Con aquel Iturbe calentando la banda, con las mujeres que vendían las rifas y sonreían a los piropos machistas, con aquel que hablaba de ir al lugar de procedencia del árbitro a… Éramos chiquillos, nos bastaba aquello para irnos para casa y pensar que Carrete vivía en el Hostal Soto, a la entrada del pueblo, donde el club le había buscado un alojamiento del que decían que no pagaba el alquiler. Veíamos a Ramonín, primo de Kike Cubillas, y decíamos que casi era del pueblo por eso de ser primo de quien era y venir de Robledo. Veíamos poco; el bigote de Manzanedo aterido, Luismi, Fierro, Juan Manuel, Sami…
Cuando acababa nuestra final quincenal de Champions, volvíamos por Alcalde Miguel Castaño deseando fundir las cien pesetas que nos quedaban –entonces daban para mucho- en unas partidas en el Méjico antes de coger el autobús en la Avenida de Roma y dar la vuelta a otra semana en un mapa donde los meridianos y paralelos eran marcados, cada quince días, por una Cultural que nos enganchó en una de las etapas más tristes y grises de su historia, pero gloriosa, para nosotros, por las batallas que sin llegar al ridículo nos alimentaban.

De ahí, entre penumbras, nace un sentimiento que gana consistencia con los años. Desde entonces, han pasado iluminados y catedráticos del ladrillo que trataron al club y a empleados como solares en construcción. Les acompañaron sueños sustentados en actitudes soberbias, pasajes de arrogancia en personajes con una ignorancia futbolística de quien nunca ha visto un balón, en definitiva, gente que se hizo aconsejar por Mezquita o Ramón Fernández, tipos con poco fútbol y complejos de Valdanos.

Ahora, desde estas líneas que escribo en Oklahoma, sigo sintiendo esa Cultural capitaneada por Santi Santos, otro del pueblo que sí llegó al primer equipo –nuestras esperanzas estaban entonces centradas en Francis, aquel lateral zurdo hijo de Daniel, el de la tienda de la plaza, que jugó en el filial por los ochenta-. Y veo a un club del que me interesa su sentimiento, solo lo emocional –también, un poco, el resultado-. A mí, esa gente de Aspire, Llamazares, cargos superiores, medios, intermedios, los del RMD, o todos los que se agolpan de vez en cuando en el palco, me importan poco, más bien nada.

Me queda el rabillo del ojo, como Andújar Oliver, por donde me fijo en el CD La Virgen de mi amigo Roberto Carlos. El día que reconozcan su trabajo… algún día os contaré algo de aquel Universidad que logró ascender a Nacional donde jugaba el míster, le llamaban Robus, con Villafañe, Edu, Coque… ¡qué gran equipo juvenil!

(No me olvido, en mis recuerdos, de todos los del pueblo que iban al Amilivia; de Tomasín y su hermano Nicolás, de Chema y su padre (q.e.p.d), de Manolo Murciego y su padre del mismo nombre… del padre de Cubi, que a veces nos llevaba en su coche pasando antes por Puente Castro…, y de muchos más que no recuerdo, pero que hacíamos legión virginiana en las gradas, siempre en el fondo norte atacara o no ahí la Cultural)

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