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¿Cherokee? No, de La Virgen

Aquel penalti del berciano Pablo

Aquel penalti del berciano Pablo

La Ponferradina visitaba a la Cultural. Sonó un silbato en la grada. A dos minutos del final Pablo cogió el balón con la mano. Penalti... y ganó la Cultural

martes 10 de noviembre de 2015, 15:46h

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- "¿Recuerdas lo de Pablo en aquel derbi? ¿Cuándo pitaste y cogió el balón con la mano? ¿Quieres que lo cuente?"

- "Claro, vaya lío. Cuéntalo. No me importa ya"

Ya en la distancia es más fácil escribir, darle vuelta a la turbina de recuerdos, como un abuelo aireando historietas que, en otras tribunas, quedarían olvidadas. En Oklahoma, los kilómetros reverdecen esas historias que no quieres olvidar; a veces esa nostalgia se revuelve y comienzan a florecer recuerdos de cuando nos creíamos héroes. Cualquier anécdota se convertía en leyenda, y para eso, los de La Virgen fuimos, somos y seremos grandes fabuladores.

Aquel día de diciembre de 1989 –parecen ya que se acumulan telarañas en el cambio de milenio- fuimos al fútbol muchos más de los habituales, casi en procesión bajando en romería para anticipar un milagro en el que no tuvo que ver la patrona que cobijamos en el antes pueblo y ahora casi ciudad-dormitorio. Fueron Cancillo, un lateral zurdo del que me cuentan que se gana la vida como veterinario, y Gelo, una institución leonesa en el club de los imcomprendidos desde que los del ladrillo decidieron confiar en los que se soñaban valdanos y les prometieron serFlorentinos.

Venía la Ponferradina y se oían a aquellos que germinarían la grada de animación blanquiazul. Más ruido del habitual, que para eso los que vivían cerca de las minas tienen más armas pirotécnicas, y cuatro gatos ultras culturalistas con un tambor regalado por Manolo Blas que representaban a un león rampante que se sostenía entre dudas institucionales. Ganar el derbi, para los blancos, era una sobredosis de adrenalina para un equipo que se aferraba a poco más que los aplausos, ante las mentiras en las que sobrevivían las promesas desde los despachos. Aquel derbi, por lo tanto, representaba una hegemonía con un valor anímico que sustentaría cualquier error de la temporada.

Volviendo al tema, los de La Virgen, en aquella llamada a filas con pipas y papeles como armamento, nos hicimos hueco, bien pegados en un cemento donde apenas el frío que te calaba por los huesos era un más. Los clásicos insultos en las gradas -para nada existían esas cámaras de ese gran hermano que juzgan ahora los detalles previos hasta en los labios-, las pancartas, la madre del árbitro y de Arienza –que había jugado en la Cultural-… hasta el gol de Cancillo, un zurdo con mucha clase que adelantó a los culturalistas al cuarto de hora de la segunda parte. Con ventaja, a aquella Cultural canterana –nuestro ídolo Ramonín, Gelo, Isma, Fierro, Sami, Martino…- le costó mantener a raya a unos bercianos con muchos años en sus filas y una experiencia sostenida por Balbino, O´Donell, Ramos… pesos pesados con muchos años en su dni. Hasta que alguien en la grada del fondo donde atacaba la Cultural, debajo del marcador de los resultados, tocó el silbato a dos minutos del final.

Era un balón suelto sin peligro, con muchas dudas. Y entonces sonó. Su sonido hizo detenerse a los jugadores excepto a un atacante culturalista que acudió a por el balón. El central Pablo quiso evitarlo cogiendo con sus manos el balón del césped, con autoridad, como mi amigo Rubenito Tabernero cuando se enfadaba en nuestros partidos de chavalines en las eras del pueblo porque no le pasábamos el balón y se iba para casa con el Tango Azteca porque el balón era suyo. Y entonces amaneció la histeria. Gordillo Flórez, el colegiado, señaló la pena máxima. Los bercianos se comían al árbitro. Javi Delgado, portero blanquiazul se desgañitaba, pero la imagen era la del central de la Deportiva, protagonista del acto, agarrando con sus manos el poste de la meta mientras le daba patadas. Gelo marcaría el penalti con el que se finiquitaría el partido antes de un epílogo propio de comedia.

Mientras tanto mi hermano, Luis, se escabullía para ir al CHF a un partido de fútbol sala donde le tocaba arbitrar y usar el silbato con más propiedad de lo que lo había hecho en el Amilivia. Salía despavorido y, conociéndole, con una sonrisa entre los labios, en aquel Seat 131 rojo que le había comprado mi padre de segunda mano tras estrellar el anterior 124 cuando venía de ayudar a mi tío Mesio a meter alpacas de alfalfa en el pajar –los gimnasios de entonces, los gym de ahora-.

Mi hermano siempre fue culturalista aunque ahora, desde hace más de 10 años que sigue al Sporting de Gijón, le tiran los asturianos como nunca otro equipo, ni siquiera Osasuna. Trabajó posteriormente en La Crónica, y curiosamente cubrió la campaña de Lillo, un par de años después, que nos hizo soñar a muchos. En Cope León siguió a los blancos por esos campos donde fuimos ricos, con los ladrilleros, con mentalidad de pobres. Es Luis Eduardo García, sí, un locutor que no se define periodista pero que adora el micro por encima de cualquier otra razón. Un tipo de La Virgen que, además, de ser mi hermano, retransmite como los ángeles y escribe como Dios, y que una tarde hace casi 26 años, nos alegró el día a muchos… a costa de Pablo.

-¿Lo cuento ahora, Luis?

Y lo conté.

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