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¿Cherokee?, No, de La Virgen / Ángel García

Villafañe fue uno de los juveniles de más talento que haya dado nunca el fútbol leonés.
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Villafañe fue uno de los juveniles de más talento que haya dado nunca el fútbol leonés.

Aquellos juveniles de entonces

Un repaso a la que probablemente ha sido la mejor generación de juveniles del fútbol leonés

miércoles 18 de noviembre de 2015, 12:28h

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Hasta cinco equipos de la capital leonesa: Universidad, Puente Castro, León Club, Peña y Cultural peleaban por ascender a División de Honor a comienzos de los 90. Equipos con muchos nombres que después sonaron con fuerza en el fútbol

Como de costumbre, voy a hablar de recuerdos. De la realidad, me cuesta. Desde tan lejos, es algo normal y no me aventuro a hacerlo cuando apenas veo nada del deporte provincial, cuando lo que leo está sesgado en ese decano que alardea de independencia y apenas escucho radio por esta diferencia horaria tan mortal –cuando amanezco, vosotros estáis de sobremesa-.

Por eso, echar un lazo a esa memoria que me sostiene a León -y a La Virgen del Camino, por supuesto- me hace recordar mis primeros pasos en esta profesión periodística de la que nunca he vivido, pero sobre la que he cimentado mi experiencia. Escribir del principio, además, es un ejercicio contra ese olvido que busca acomodo a la par de la edad. Por eso, quiero hablaros de aquellos juveniles de los primeros noventa, coetáneos míos, con aquellas botas Marco, en muchos casos, y con otras de marca que sustentaban como podían aquellos padres que imaginaban a sus hijos en la Cultural (Lillo llevaba las riendas de la primera plantilla y solía mirar mucho para abajo, a los filiales. Al año siguiente, el uruguayo Endériz ascendería al primer equipo hasta media docena de jugadores de la Cultural B destacando Edu, Herreras, Jorge, Óscar…). Eran mis primeros pasos cubriendo partidos, entre el frío y la lluvia, a cambio de aquellas diez mil pesetas mensuales de entonces que me fundía en Tropicana y en el Castilla 24 o 23 años atrás. Como mi amigo Pipaón, pero éste con más suerte, que se encargaba del basket de base que se jugaba a cubierto.

Pues bien, aquellos años había una Territorial con varios equipos provinciales y hasta cinco de la capital: Universidad, Puente Castro, León Club, Peña y Cultural… Y mucho nivel. Y mucha afición que seguía a esos equipos… y mucha rivalidad. Los universitarios, que jugaban en Agrícolas, fueron los campeones y los que, a la larga, lograrían el ascenso. Les entrenaba Andrés Llanes, un técnico que años después logró el ascenso del León FF a la máxima categoría del fútbol femenino nacional. Un técnico con más conocimientos que padrinos y al que creo que le faltó suerte y ambición para llegar a dirigir más alto (a las buenas personas les suelen pasar estas cosas). En aquella plantilla destacaba el mejor juvenil leonés que he visto con esa edad: César Villafañe. Era el estilete de un equipo donde ya desde la defensa el equipo crecía; Alberto y David atrás, Robus (conocido ahora por su nombre de pila, Roberto Carlos, técnico de La Virgen de Tercera y perro de presa de aquel bloque) y Coque en el medio, con Edu, el hijo del míster, creando por detrás de Villafañe. Un equipazo. Ascendieron pese a los apuros que solían pasar ante el Puente Castro de Morilla donde Sergio Fernández –ahora en los despachos- y Alberto, en edad cadete, formaban el eje de los arlequinados antes de firmar al final del curso por el Logroñés cuando los riojanos estaban en la élite y cuidaban la cantera. Blanco –que llegaría a la Cultural- o Alberto Mediavilla eran otros de sus puntales. Aquel Puente era deudor de otro histórico en el que Andrés, Luis Cembranos, César, el meta Juan Carlos o el central Mediavilla hicieron delicias en El Golpejar. Eran los dos equipos leoneses más fuertes.

Por detrás aparecía la Peña –no recuerdo si con el patrocinio de Michaisa o Motratuto- de Ángel Granja, un equipo aguerrido, con menos talento global pero de mucha brega. Y arriba, con dinamita. Juanjo, Vela y Mario –otro que llegó al primer equipo culturalista con Tomé-, además de goleadores, peleaban por ocasiones como si fueran víveres en un campo de concentración. Flojos en defensa, a los de Vitorio –presidente entonces- les mataban los errores. A la par circulaba la Cultural de Eloy Menéndez, pero con Gusi, una garantía en la posesión cuando jugaba con más mando en plaza. Eloy apuró equipo a base de olvidarse el dni. Así, Zapico y Galindo, cadetes entonces, eran habituales de sus onces. Gerardo, en el centro del campo, mostraba lo que sabía sin la suerte, en forma de lesiones, que le faltó para llegar más alto –ha sido de los mejores centrocampistas que he visto por las bases provinciales-. Los gemelos Miguel y Javi apuntalaban un equipo al que le faltó consistencia en los momentos importantes.

Por detrás, peleando la permanencia, se hacía huecos a codazos, el León Club de Portomeñe. Un equipo duro, fuerte, que siempre jugaba al límite. Barrientos le dirigía desde el banco y hacía que Azadinos -jugaban allí como locales- se convirtiera en un suplicio cuando las bases del Valladolid, el GE Renault, la Deportiva o el Salmantino les visitaban. Guillermo Alberdi o Escapa, centrales, permitían poco, siempre acariciando la tarjeta. El primero, central zurdo de los que apenas se veían, alcanzó la Segunda B recién cumplida etapa tras firmar por la Hullera. Arriba, en punta, jugaba un diminuto Santi que parecía un alevín entre gigantes. Por un día en su ficha, el hijo del guardia civil debía jugar con gente que casi le doblaba en tamaño.

Y, como de costumbre, ¿dónde está La Virgen del Camino en este artículo? Ni estaba, ni se le esperaba. Un pueblo entonces mayúsculo en su entidad, pero pueblo; sin instalaciones deportivas –un frontón al aire libre, unas pistas en el colegio y una piscina de verano-. Pero estaba Óscar, el portero, el hijo de Lorenzo y Mili. Me moría de ganas de hacerle crónicas porque era mi amigo, pero era cadete y esa categoría no salía en las crónicas. Le faltaba un par de años para ocupar los titulares que se ganaría sobre el césped –cuando no, en escasas ocasiones, yo le sostenía entre aquellas estrellas que calificaban los duelos- compartiendo protagonismo con Ovalle, o los ex profesionales Juan Pablo o Carpintero, jugadores que sabían lo que querían y que se cuidaron para llegar donde llegaron.

P.D. Llamadme oportunista, pero me encanta el titular de la web del At. Astorga en relación a una entrevista con su técnico, Paulino. “Hemos ganado, aunque sin los puntos”, dice en referencia al partido del pasado fin de semana. Tremendo. Imagino descontextualización al peso. Ganar sin puntuar es como comer sin utilizar el aparato digestivo. Lo dicho; vivir sin padrinos en el fútbol es una urgencia enfrentada a la realidad. Quizás el mencionado Andrés Llanes, con más coherencia, lo entienda veinticuatro años después.
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