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¿Cherokee? No, de La Virgen / Ángel García

No me gusta el baloncesto
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(Foto: César F. Buitrón)

No me gusta el baloncesto

En La Virgen, botar el balón nos producía sarpullidos, pero recuerdo con emoción los grandes momentos del baloncesto leonés

miércoles 25 de noviembre de 2015, 14:28h

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Aunque no me guste el basket, empatizo con toda esa legión de leoneses que suspiran por un Palacio enfurecido, revolviendo entre sus recuerdos en aquel amarillo Elosúa que a mí sí que me eriza la piel, más por mi aventura vital adolescente, que por el valor de aquellos resultados que hicieron que la envidia llegara a raudales desde Pucela

No hace falta que lo confiese, pero sí, no me gusta en exceso el baloncesto. O para ser más exacto, me gusta muy poco, casi nada. Es de esos deportes que veo cuando el tedio se asoma y no hay más oportunidades. Cualquiera que me conozca un poco puede afirmarlo. Soy de los que prefiero ver fútbol de cualquier categoría, de cualquier país… hasta amistosos de feria donde siempre descubres algo y te aumenta la autoestima –siempre piensas que ahí podrías hacerlo hasta bien tú-. De ahí las cocacolas que ganaba en La Crónica apostando a la sección de deportes a base de aquellos nombres raros que no conocían ni en su casa.

A los de La Virgen, que no tuvimos canastas hasta que hicieron el ‘Camino de Santiago’, eso de botar el balón nos producía sarpullidos. Les veíamos hacerlo con envidia a Óscar o Manolo Murciego, nuestros porteros de referencia, cuando botaban para sacar de área porque en el fondo idolatrábamos a Arconada, a Agustín, a Miguel Ángel o a Urruti –cuando supimos algunos que el culturalista Manzanedo se había enfrentado a ellos le mirábamos con la inocencia de los cromos-.

Vuelvo a asirme al tema, el baloncesto, ese deporte que, aunque no me entusiasma, entiendo, empatizando con toda esa legión de leoneses que suspiran por un Palacio enfurecido, revolviendo entre sus recuerdos en aquel amarillo Elosúa que a mí sí que me eriza la piel, más por mi aventura vital adolescente, que por el valor de aquellos resultados que hicieron que la envidia llegara a raudales desde Pucela –soy de los que me emociono pensando en la derrota de cualquier equipo de allí, sea del deporte que sea-.

Y cuando rasco y quiero encontrar momentos que me marcaron en aquel equipo en la élite nacional, siempre me centro en mis años en el Padre Isla. Las conversaciones con Miguelo y Ruano, dos compañeros locos por el basket que se piraban las clases para ver entrenar a Cherokee Rhone con sus cicatrices en la cara, para sumar en sus libretas los triples que metía Xavi Fernández, para vacilar luego a Arturo Báscones, nuestro profesor de Educación Física, al que el Ademar le sostenía, y aquella pareja de gandules con los libros –yo era otro, por entonces- le volvían loco.

En aquellos años le vimos ascender en Lugo ante el Lliria, aquel domingo previo al examen de Geografía de 2º de BUP, sobresalir con aquel equipo sorpresa de los dos Xavis, y acariciar la gloria en una Copa del Rey en febrero de 1997, como locales, que fue el primer evento importante que cubrí. Entrevistar a Dueñas con el brazo estirando a tope la grabadora, enfrentarse a Djordjevic en zona mixta enfundado en una chupa de cuero que le hacía más malote… y ver ganar a Julbe, un tipo peleado entonces consigo mismo, con enemigos imaginarios donde León, entonces, era uno de ellos. Ganó un lunes la final al Cáceres de Manolo Flores, el mismo día que acabé mis estudios de Magisterio, con aquella asignatura de un tal Julián Flórez, que no me quiso aprobar el curso anterior porque había sido Erasmus… en fin, recuerdos de baloncesto más allá del deporte, de un balón que botaba en exceso, de unos jugadores que jugaban, y juegan, enfundados en esos tirantes que asocio a abanderado.

El último recuerdo de aquel equipo que defiende mi historia fue el año del descenso con Oliete, era el año 2000. Un viaje a Madrid ante el Estudiantes donde se perdió casi por cincuenta. Fui invitado por mi hermano Luis, entonces en Cope León, y chantajeado con muy poco; cenaríamos aros de cebolla en el Burguer King, entonces sin presencia en León. Lo mejor fue tras el partido, cuando el coche estaba encajado entre otros tres y nos impedía regresar a León. En un bar cercano estaba la Demencia, aquella afición colegial que nos echó una mano –nunca mejor dicho- tremenda. Cuatro armarios roperos, abandonando sus jarras de cerveza en el bordillo de la acera, levantaron los coches al peso para permitirnos volver a León. Ni las gracias quisieron. Quizás la victoria exultante y nuestra lamentable imagen evitaban pedir más.

P.D: De aquella Copa del Rey recuerdo especialmente una comida organizada en San Marcos. Fue un cocido leonés majestuoso. Tan solemne al paladar como hierático en el gesto de los ojeadores de la NBA que comían a nuestro lado cuando vieron aparecer el manjar. Con cierto asco e indignación soportaron aquel evento añorando unas hamburguesas que, ahora aquí, es comprensible que sintieran. Oreja, rabo, morcilla… no es tan fino el paladar leonés para sentirse compartido, pero es fino mi recuerdo para salivar mientras termino

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