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La otra mirada de A.S.

La deformación de la formación

La deformación de la formación

Deberíamos sentarnos a pensar cómo queremos que vivan nuestros hijos

lunes 30 de noviembre de 2015, 20:09h

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Esta generación de padres no teníamos tantos recursos ni tanta tecnología, pero teníamos más amigos, más tiempo, más experiencia y más independencia. Por culpa de un sistema que trata de crear superdotados en todas las casas, los niños no tienen tiempo para ellos mismos, para descubrirse, para experimentar, para caerse solos y curarse con agua del caño

Ya es habitual en estos últimos 20 años tener atiborrados a los niños con mil y una actividades. Mil y una obligaciones extraescolares. Mil y un apuntes en una ‘súper agenda’ más cargada que la de la propia Soraya en época de elecciones.

Las razones las entenderán o no en cada casa. Quizás sea para tener superdotados en todas las súpermaterias, para colocar a los niños como perros en hoteles, o simplemente quitárselos del medio “porque no los aguanto”.

Eso sí, deberes no, por favor, que no tienen tiempo. No es que sea un adalid de los deberes, pero si hay tiempo para el fútbol, la rítmica, la robótica o el pádel, de manera inexcusable deberían tener 30 minutos para leer a diario. Eso sí les va a permitir a todos llegar a la élite del conocimiento, de la sabiduría y de la vida.

En el caso de los deportes, y no señaló ninguno en particular, me parece una exageración entrenamientos a diario para chavales de entre 6 y 12 años. Empiezan con ganas y se corre el riesgo de que terminen asqueados porque en vez de algo lúdico se acaba convirtiendo en una disciplina militar. Por no hablar de que, en muchos casos, la formación y vocación de los ‘enseñadores’ deja mucho que desear o, simplemente, no existe.

Culpables hay muchos. Padres, jefes y la sociedad. Por su culpa los niños no tienen tiempo para ellos mismos, para descubrirse, para experimentar solos o en compañía, para caerse solos y curarse con agua del caño. Desde el puesto de padres organizamos su agenda para que no les quede un minuto libre y lleguen extenuados a la hora de dormir sin que puedan cansarnos a nosotros, ni siquiera un poquito.

También se podría describir la actitud de los progenitores en esta materia: auténticos fanáticos con niños; tutores, monitores o entrenadores que exteriorizan su frustración más exacerbada de lo que quisieron ser y no fueron. La mayoría de ellos son eminencias en cualquier materia. Campeones del mundo, representantes de éxito, abogados sin título, psicólogos, ‘coachs’ o gurús de la vida. Y, por supuesto, se creen en posesión de cocientes intelectuales que superan a los genios, aunque sólo sean especialistas en destrozar ilusiones.

La vida, por suerte o por desgracia, se encargará de poner a cada quien en su sitio y la ley del más fuerte (se de manera justa, por influencias o por pura suerte). El problema final es el juguete roto y la falta de autoestima que acabará en cada casa sintiéndose insignificante y necesitando un ‘hermano mayor’.

Pero así se define esta sociedad. Cuando naces tienes que ser el más guapo; cuando creces, el que más extraescolares realiza, el que mejores notas saca, el que acaba más carreras y el que más másters atesora, el que trabaja en la mejor empresa, el que tenga el mayor sueldo y el que vaya en el mejor vehículo. Y cuando muera… ahí ya da igual.

Como resultado de todo eso, si somos feos, tenemos que operarnos; si no hemos podido o querido estudiar, algún amigo habrá que nos preste un título o vamos a una imprenta y lo hacemos; si nuestra empresa no es buena, pues montamos una; y si nos va mal siempre nos quedará la política. ¡Ah, y cuando nos hayamos muerto quedaremos solos porque ya no tendrá nadie que guardar las apariencias y nuestro bluf de vida, si no explotó antes, lo hará con nuestra defunción.

Esta generación de padres que no teníamos tantos recursos materiales, ni tanta tecnología sí que teníamos más amigos, más tiempo, más experiencia, más independencia... Deberíamos sentarnos a pensar cómo queremos que vivan nuestros pequeños; cómo prepararles un futuro en el que pese más el ser que el tener, en el que las personas estén por encima de las profesiones, las formaciones o los apellidos y herencias.

Solo la verdad nos hará libres, que dijo alguien, pero también la independencia, la honestidad y la buena conciencia. Ahí es donde sale a relucir otra palabra muy manoseada últimamente: valor. Educar en valores a los más pequeños es abonar una tierra que aunque tarde en germinar lo hará de la mejor manera, es poner unos pilares que soportarán vendavales y terremotos durante su vida. Una conciencia bien educada siempre va a ayudarles a diferenciar el bien del mal, a pensar que no siempre vale todo. A saber que vivirán circunstancias injustas, situaciones en lo que lo difícil es analizar y demostrar con hechos. Porque lo que haces dice tanto que lo que hablas no escucho.

En resumen, nuestra obligación es educar, ayudar a formar, enseñar a pensar y a opinar, enseñar a escuchar, y mil y una cosas más, pero sobre todo, conseguir una buena persona para este mundo porque si seguimos así pronto serán una especie en extinción.

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