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¿Cherokee? No, de La Virgen / Ángel García

El Padre Ugidos, Casimiro y la pizarra de Juan
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El Padre Ugidos, Casimiro y la pizarra de Juan

Casimiro tenía frases filosofales como aquella de "arrastra para comerle las cuarenta, que se lo lleva de calle". Y ni caso. ¿Para qué?

martes 16 de febrero de 2016, 16:12h

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Los de La Virgen formamos una tribu peculiar. Somos autodidactas en el exceso y en la euforia. Supongo que esos genes ambientales hacen que convivan gitanos (muchos siguen recordando aquella provisionalidad temporal cuando llegaron bajo el abrigo de Morano, entonces alcalde de la capital), militares, guardias civiles, curas...

Se ha convertido casi en una debilidad hablar de mi pueblo. En esta web de deporte seguro que a alguno le sorprende esta defensa a mis raíces tan marcada, pero más que labor de contención es un ataque con el cuchillo entre los dientes contra esa memoria que no quiero olvidar y que parece que tampoco lo quieren hacer algunos de los que leen estos recuerdos que también son suyos. Por eso este sentido de pertenencia colectivo a una historia tan de todos y tan mía.

Y es que los de La Virgen formamos una tribu peculiar. Somos autodidactas en el exceso y en la euforia, en lo que a otros les resulta costoso y a nosotros nos sale con dar un par de palmadas. Supongo que esos genes ambientales son los que hacen que convivan gitanos (muchos siguen recordando aquella provisionalidad temporal cuando llegaron bajo el abrigo de Morano –no el de nuestro cine, sino el entonces alcalde de la capital-), militares, guardias civiles, curas… provocan una identidad cuanto menos peculiar, un sentimiento que sigue tatuado en historias como estas donde araño las neuronas para encontrar un escape sentimental de un pueblo que no es tal, sino la esencia de lo que para muchos fue.

Y salen personas que, en mis anécdotas, se han convertido en personajes mayúsculos, con una esencia en los recuerdos que va más allá de los años. Por ejemplo, Casimiro, el padre de Rubenito, el dueño del Montreal, el que puso una bolera entre su local y la casa de Tita –ahora el Alimerka- donde los domingos no cabía la gente, entre jugadores y mirones. Tenía frases filosofales que sólo entiendes cuando creces, cuando tienes hipoteca, por ejemplo. “Arrastra para comerle las cuarenta, joder, no le des oportunidad que se lo lleva de calle”. Y tú, ni caso. ¿Para qué? A cierta edad adolescente no se aleja uno de esa imagen de imbécil con carnet de identidad que sabe más que nadie de todo y, al final, no sabe de nada. “Si es que no tienen ni p… idea” seguía diciendo mientras se lamentaba ante la estéril lección de las Heraclio. Buscaba audiencia en los habituales de la partida en aquel Montreal de entonces; Escoriza padre o Conejo, todos ellos ya acomodados en casa de Pedro el santo, supongo, alternando tute o dominó. Evitemos las cartas y pensemos en la vida. Un sabio de la certeza era Casimiro. O arrastras o te devoran.

Ya desde pequeños queríamos evitar ser masticados. Corríamos dejando atrás las reprimendas, cruzábamos carreteras sin mirar, como quien cruza charcos sin pensar a quien salpica. Yo corrí mucho con aquel running que mezclaba la cobardía y la supervivencia. Unas veces nos perseguía Luis, el marido de Engracia, aquel hombre de pelo blanco que vivía atrincherado entre nuestros sustos al final de la calle de La Basílica. Era el guardián de un tesoro que llamábamos era cerrada, un lugar con hierba, propiedad de Jacinto, donde nos encantaba jugar al fútbol sin pensar en los golpes que asumían las persianas que guardaban los coches en las cocheras. Precisamente Luis tenía el suyo allí, de ahí el celo con el que vigilaba nuestras travesuras. Otras señoras que nos maldecían –sin mala fe- eran las tías de Cristina y Anabel (esta vez ya sé su nombre). También en aquella era tendían una ropa recién lavada que nosotros, a balonazos, dejábamos marcada. Y allí Manolo Murciego, también, era entrenado por su padre. Un lugar con tanta historia en el pueblo entonces como la que refleja ahora con la presencia de una guardería y un bloque de edificios. Mucha perspectiva para los que no queremos olvidar que también fue lugar de vaquillas y de besos adolescentes.

Y, enfrente, estaba otro lugar cercano al mito, por su propiedad y su esencia. Era el terreno de dos hermanos, Vicente y Laurentino, Laurín para los del pueblo. Ambos ya eran mayores entonces y, sobre todo Vicente, guardaban su propiedad con un celo tremendo. Verle salir con la cacha en alto gritándonos era una rutina en aquellas tardes donde aprovechábamos sus horas retozando en aquel verde tan cuidado. Un pequeño abrevadero, pegado a la calle Concejo, delimitaba una propiedad que ha llevado a convertirlo en parking. 35 años atrás representaba nuestro pequeño Bernabéu. Y allí gastábamos nuestros días en verano, siempre largos, controlados por la falta de presencia extraña.

En invierno mutaba nuestro ocio. Nuestra dependencia nos llevaba a asumir la acogida de los/as Dominicos/as. Teledirigidos desde el clero, nos bastaba muy poco para abrazar aquella felicidad que encontrábamos en las escuelitas –nombre que parecía sacado de las misiones-. Era el único lugar del pueblo donde había columpios y, además, estaban la Madre Lucía y el Padre Ugidos, dos instituciones para mis coetáneos de La Virgen que muchos no llegamos a valorar en su momento por la edad en la que los compartimos, demasiado niños para apreciar a quienes merecen un reconocimiento mayor del que les dimos. Eran buena gente, tal vez demasiado. Nuestros sábados les pertenecían y no era raro encontrarles cualquier otro día dispuestos a abrirnos a aquel lugar donde llegaron a estudiar nuestros padres, y hablo de los años 50. Fue, el Padre Ugidos, el predecesor de Juan Antonio, un párroco deportista con una paciencia infinita –al menos con nosotros y los míos-.

Había poco ocio dirigido y mucha anarquía lúdica. Hubo un tiempo, incluso, en el que Juan abría todos los domingos en las tardes el Salón Parroquial. Tenis de mesa, futbolín, la rana, construcciones… gastábamos nuestras tardes al dictado de una acústica infernal donde los gritos parecían cohetes. Y Juan deambulaba con el transistor –que no radio- pegado a la oreja mientras cambiaba los resultados tras los goles en una pizarra que controlaba la quiniela donde sólo él podía escribir –algún rebote se pilló cuando se los cambiábamos-. Éramos chiquillos con el único premio de la sonrisa en la trastada.

Más tarde los Dominicos abrieron su cine al pueblo en aquellas sesiones dominicales compartidas con los internos. Estos debían sentarse en la parte inferior y nosotros íbamos al gallinero. Muchas pipas, maicitos y cacahuetes les caían a los del apostolado lanzados por nosotros, de ahí la inquina en el trato que caracterizaba nuestra relación –sólo entre los chicos, que conste, pues las chicas estaban felices siendo sonrojadas por el flirteo de los que también estudiaban los salmos-. Los de La Virgen siempre fuimos un poco cenutrios en cuanto a esa dinámica de relacionarnos con un sexo, en teoría débil pero mucho más inteligente; los internos, a aquellas edades, y los militares o picoletos, en edades adultas, se convirtieron en especialistas para birlarnos los ligues. Nosotros nos amparábamos en buscar peleas irracionales y sacar un pecho herido en un cerebro donde no había neuronas, entonces, funcionando por instinto. Porque a galletas a los de este pueblo les ganaban pocos.

“¿Qué hago ahora, Casimiro? ¿Arrastro?”, le decíamos alguno con cartas para librar. “Haz lo que te salga de los c…” nos contestaba. No haberle hecho caso el día anterior tenía venganza en sus palabras.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    8256 | miguel gonzalez lozano - 17/02/2016 @ 16:44:05 (GMT+1)
    Muy buenas. Tardes ;) La verdad que estas grandes palabras de este gran escritor y no miento al decir esto me llena de emocion ya que aunque sea un crio de 27 toda esas personas de las que usted abla son conocidas por mi persona sin mas me despido esperando leer mas acerca de esas grandes personas que tan grande an echo nuestro pueblo espero algun dia leer algo de chendi y pepin.los del hostal soto mi familia junto con jose el de rosa sin mad se despide este humilde vecino dandole un enorme abrazon

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