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¿Cherokee? No, de La Virgen

Rafa Guerrero en aquellos años 'mozos'.
Rafa Guerrero en aquellos años 'mozos'.

Con olor a linimento Sloan

Hace 20 años, Reflex o Linimento marcaban la seña de identidad en el vestuario

viernes 20 de mayo de 2016, 02:26h

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Hace dos décadas Rafa trabajaba de carnicero en Trobajo del Camino y nos hacía amenos aquellos viajes hasta Azadinos que, por la intensidad de las conversaciones, se nos hacían cortos

Tengo pendientes muchos textos sobre lo que fue el fútbol base de la provincia hace más de veinte años, cuando los campos no eran campos, y aquel césped no se asemejaba a los actuales; cuando aquellos chavales se soñaban en las crónicas que otros y yo hacíamos con aquellas estrellas que les catapultaban cada lunes hacia sus sueños, desconociendo que yo me soñaba en su lugar, como ellos con unas botas de tacos metálicos rasurando el suelo, aunque mi incompetencia para cumplir vestido de corto me hacía aferrarme a aquellas libretas donde se acumulaban onces iniciales, árbitros, incidencias, espectadores… Aún guardo algunas de aquellos años, mojadas por la lluvia, con el color del desuso y del barro, un sucedáneo de amarillo entre tachaduras y nombres ilegibles que no acierto a descifrar.

Era yo un juvenil, por edad, como los de entonces en el verde. Y madrugaba más que de costumbre aquellos domingos de frío cuando mi hermano Luis, entonces en aquella Radio Nacional cuya sección deportiva dirigía Eduardo García Carmona, viajaba con la Cultural para retransmitir a aquel equipo de Lillo que tuvo al alcance de su mano entrar en un playoff con el que nadie soñaba al inicio de la campaña. Aquel imberbe vasco, con tanta labia entonces como complejo de Edipo en relación al balón, llevó las riendas de un equipo que tenía a la afición blanca pendiente de la radio. Entonces Rafa Guerrero, me parece recordar en un 131 grande, pasaba por La Virgen del Camino para recogerme y compartir asiento con los primos Muñiz –González y Moreno- sus auxiliares habituales de entonces. Rafa trabajaba de carnicero en Trobajo del Camino y nos hacía amenos aquellos viajes hasta Azadinos que, por la intensidad de las conversaciones, se nos hacían cortos. Menos de fútbol, se hablaba de todo. Sabiduría sesgada en charcutería, supongo.

En condiciones semejantes, con una dependencia absoluta hacia aquellos héroes con silbato, no me resultaba difícil empatizar con un colectivo del que casi me convertí en uno más. Entraba en sus vestuarios, copiaba de sus actas, hacíamos partícipe al frío que se acumulaba en aquella moquita que bajaba a una velocidad constante de la nariz. Rivada, Ponga, el propio Rafa… nombres de historia modesta vestida de negro que lustran la historia de un hobby alejado, entonces, de los focos, siempre al dictado de Horacio Ruano, un presidente con los que se podía debatir, de los que no se perdía un partido, de los que defendía a los suyos y les acompañaba hasta las misma puerta de vestuarios cuando las cosas se ponían feas no dudando en encararse con aquellos maleducados cuya impertinencia les llenaba de galones. Un tipo, en definitiva, de los que sabían vestirse, de los que como dice mi padre aún memorizando el artículo 11 de los picoletos: “la barba con la más esmerada policía, el pelo corto, lavada cara y manos, uñas bien cortadas y limpias…”.

Azadinos, por lo tanto, fue un máster para algunos mucho antes que La Palomera, Agrícolas o La Granja. Compartir dos partidos a la vez, en el mismo horario, con aficionados salmantinos y pucelanos de aquellos equipos como el Pizarrales, Rondilla, Betis o Ribert… o aquel equipo zamorano al que patrocinaba en la camiseta un lupanar de su ciudad con nombre de animal rojo. En fin, qué años entonces vividos sin saberlos sentir. Se saboreaban los derbis de aquella Peña que dirigía Vitorio con el León Club de Portomeñe. Se buscaban los padres, casi con la mirada, ante aquellas decisiones, lejos de la controversia, que dejaban siempre malparado al perdedor… y se agradecía cuando llegaba el Puente Castro, con su afición casi en manada, tratando de hacer un mini Golpejar pero sin la misma atmósfera –en aquellos derbis arlequinados hacía caja a base de bocadillos de tortilla aquel reducto de bar que desabastecía a una Benemérita que siempre llegaba de patrulla al borde del descanso-.

Parece que escribo de aquellas historias que pasan de generación en generación, y no ha pasado tanto. Bueno sí, han pasado jugadores entonces espectaculares, proyectos de futbolistas donde el talento muchas equivocó su destino. Jugadores que, en ocasiones, se pensaron más de lo que eran y terminaron siendo carne con botas. Porque hay que reconocer que hubo –y seguro que sigue habiendo- mucho fútbol condensado en esos campos donde cada fin de semana se pelea por la oportunidad de sentirse importante entre semejantes. Antes, el Reflex y el Linimento Sloan marcaban las señas de identidad de unos vestuarios donde la imitación a ídolos terrenales era una costumbre. Este marketing que nos meten por los ojos y engulle a los chavales ha supuesto que pocos críos sean los que no imiten los gestos o los modelos de unas divinidades alejadas en las formas de aquella Quinta del Buitre o del Dream Team de Cruyff que embelesaba a mis coetáneos, lejos de las estridencias actuales en botines fluorescentes o vestuario discotequero.

Y también llegaban ojeadores. Y también se ponían nerviosos los chavales cuando lo sabían. Y las madres, entonces, apuraban su vocabulario contra el rival que jugaba duro contra su hijo en un día tan señalado, en días en los que la comunión era administrada por aquellos de negro que nunca se libraban. Y hubo alguno, entre aquellos que no adormecían las mañanas de domingo, que acabó jugando en las bases de la élite. Me viene a la cabeza Gusi, que acabó en las categorías inferiores de aquel Barcelona con los hermanos Junyent – Roger y Genís-, Celades o Mingo. O Carpintero, firmado por el Oviedo tras jugar con Losada en Tercera con el filial culturalista cuando aún era cadete. O Juan Pablo, que tardó más en llegar a la cima pero al que la constancia le dio sus frutos. O Villafañe, en aquel Salamanca de Lillo. No puedo, como alguno me indica, hablar de Luis Cembranos. Al internacional cuando jugaba en el Rayo no llegué a cubrirle en ningún partido en aquel equipo que jugaba como los ángeles, en aquel Puente donde Andrés, Mediavilla o el meta César salieron de León a canteras de equipos profesionales. Lo mismo que Ángel Luis o Armando, muy mayores para mi edad de reportero. Pero algo tenían todos ellos en común: se cuidaban, querían llegar, apostaron su juventud hacia algo que dio, en algunos casos más que otros, sus frutos.

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