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¿Cherokee? No, de La Virgen

La afición culturalista tiene motivos para ilusionarse esta temporada.
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La afición culturalista tiene motivos para ilusionarse esta temporada. (Foto: Maikel Rodríguez)

Esa locura adolescente

Después de un mes de competición me ilusiono porque la Cultural, desde lejos, emociona

martes 20 de septiembre de 2016, 18:00h

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La Cultural ya merece una gloria que, en a efectos de ‘share’ periodístico, sólo lograron con una visita ‘culé’ en Copa del Rey y con una horrorosa camiseta que nos convirtió en el hazmerreír de la seriedad futbolística

Vuelvo ahora que parece que la rutina se ha adueñado de este final del verano que llama a las puertas del otoño. Y lo hago con la perspectiva que da un mes de competición. Leo todo lo que sale en los medios y me ilusiono porque la Cultural, desde lejos, emociona. Lo hago con esas camisetas que me han acompañado siempre de Ochoa o de Ángel Luis y que están aquí conmigo en Estados Unidos, junto a la del CD La Virgen que me regaló Roberto Carlos.

Y cuando me las pongo y me preguntan, con incredulidad, les digo que son del equipo de León. Como un grial desconocido por aquí, pero al que algunos ya buscan en la Wikipedia. Y pienso en lo que fue porque lo que es lo sostengo sólo por internet. Y creo que, a veces, el fútbol no ha sido ingrato con la Cultural. Realmente ha sido benévolo. Incluso justo, porque le ha dado lo que le ha correspondido. Cuando le tocaba acariciar la gloria, siempre aparecía ese diablo azotando moscas con una cola que apenas sabía manejar. A los hechos me remito. En este caso, a esas directivas donde la ignorancia se confundía entre sus actos. Los hubo que se imaginaban a los leoneses en Europa en un programa de radio nacional, los que creyeron tener argamasa en vez de billetes, los que alardeaban de negociar con representantes, los que se aseguraron un sueldo mensual… y los hubo también de bufanda y bombo.

Pero, ya pasando los cuarenta, quiero darme un paseo por mi memoria y me veo gritando por las gradas del oxidado –por las vallas- Amilivia. Aquel campo que vio a doble vuelta como un filial bético nos metía en la ida 9-1, allá por 1985, y, para más inri, con José Enrique Díaz en el banco, un ilustrado del verbo sin voz, que discutía más en las salas de prensa por las puntuaciones del As que por el mérito de los suyos. Desde entonces, más de treinta años atrás, los blancos viven soñando en una dualidad entre lo que realmente son y lo que los directivos venden en tascas baratas de prensa donde dan altavoz a cualquiera.

Pero, pese a todo, a la Cultural se le quiere. Es como ese hijo díscolo, eterno adolescente, que, como enamorado en la pubertad, es capaz de realizar, por locura, hazañas que luego se encarga de ningunear. Un lastre entre neuronas con lo que algunos pretendieron escribir e interpretar como gloria. Una gloria que, en a efectos de ‘share’ periodístico, sólo lograron con una visita ‘culé’ en Copa del Rey –aún se discute en foros cuturalistas el destino de aquella taquilla- y con una horrorosa camiseta que nos convirtió en el hazmerreír de la seriedad futbolística.

Por eso, desde aquellas directivas lastradas de sueños esquizofrénicos, de bolsillos que dilapidaron dinero a manos llenas, de gestores que lo más parecido al cuero de la pelota que han visto es un balón de baloncesto –incluyo a Ramón Fernández, un desastre, y al actual gerente-, por encima de todo eso siempre emerge la Cultural. Y lo hace con ese sentimiento que sigue marcado por apósitos evitando que esa sangre fluya cuando nos adelantó, en años anteriores, la Ponferradina por la derecha y por la izquierda, cuando deambulamos por Tercera y aparece La Virgen del Camino –mi equipo, de donde yo soy- y golea a los blancos en un campo donde antes los del internado no ganaban ni las pachangas que disputaban entre ellos.

Sí. No ha caminado la Cultural más bajo porque hacerlo sería arrastrarse, pero lo ha hecho obligada. Los que han estado ahí, haciendo suelo para evitar el sonrojo cuando pasaban del Manzanal para allá, los que han estado sosteniendo la pulcritud de esa camiseta, han sido los mil habituales. Ese millar que se ha comido gestiones lamentables de Paco Suárez, de Barrioluengo –se le recuerda cuando fichó a Bedriñana, un ‘crack’ en la gestión de vestuarios-, de Guisasola en tándem con Saurina, de los constructores de Profutle derivados, al final, en Dionisio… hasta alcanzar a los actuales, de los que no puedo hablar por desconocimiento. Al menos, la presencia de Rubén de la Barrera parece una garantía en este inicio de competición, pero hemos pasado por tantas que hay que mantener la calma. Aún recuerdo cuando , a finales de los ochenta también salimos en tromba con Carrete, y un asturiano llamado Guillermo que acumuló goles de forma trepidante. Luego, no fuimos nada. Y rozamos la gloria, por última vez más que nunca, en la primera etapa de Antonio Gómez, tras un inicio titubeante donde el Diario de León –parece ser norma habitual de la sección- repartió sopapos por doquier tratando de dinamitar una plantilla que se hizo aún más fuerte. Muchas veces, la ignorancia mantiene al débil. Esperemos que la Cultural sea de los fuertes.

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