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Morcillas y avellanas
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Morcillas y avellanas

San Froilán siempre será, para mí, esa fiesta que en mi infancia quiso ser usurpada por los señoritos de la capital que venían bien vestidos a misa de una

jueves 29 de septiembre de 2016, 13:21h

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Decían los virginianos de pura cepa, cuando hablaban de los horarios de los oficios dominicales, que "los que iban a misa de diez, iban a buscar a Dios. Los de once, a ver a Dios, los de doce a que Dios les vea y, por último, los señoritos, los de una, a que todo Dios les vea"

Debería hablar de fútbol, o de deporte, o de los ínclitos gestores del deporte leonés –ya sabrán algunos por donde voy-, pero se acerca San Froilán y no puedo por menos que echar un lazo a mis recuerdos y anclarme en La Virgen del Camino, mi territorio natural, aunque la distancia instaure una lejanía sentimental que magnifica los kilómetros.

Y cuando se accede al disco duro de la memoria, los recuerdos surgen a borbotones, deshilachados, buscando formar parte de un conjunto que siempre encuentra acomodo y aposento en lo que fue nuestra infancia. Y en ella despuntan historias con olor a morcilla y sabor a avellana, versiones no escritas que han forjado leyendas entre los virginianos, porque para eso las cosas que suceden a los de La Virgen tienen más valor que las mismas que pueden suceder a otros que no son del pueblo. Nosotros somos capaces de hacer de lo banal la batalla más gloriosa, de lo rutinario la victoria más deliciosa, de una verbena la fiesta con más prestigio.

Poco, sin embargo, cuando hablamos de San Froilán, esa fiesta que en mi infancia quiso ser usurpada por los señoritos de la capital que venían bien vestidos a la misa de una, la de enjundia social, con sus coches lustrosos de marca que exponían en el catálogo en el que se convertía la Plaza. Decían los virginianos de pura cepa, cuando hablaban de los horarios de los oficios dominicales, que “los que iban a misa de diez, iban a buscar a Dios. Los de once, a ver a Dios, los de doce a que Dios les vea y, por último, los señoritos, los de una, a que todo Dios les vea”. Antes, formaban fila en la panadería de al lado del Central para comprar las barras de pan, porque allí sí que no había clases sociales y podían salir los autóctonos a exigir la responsabilidad del orden cuando el abrigo de garras y los zapatos lustrosos de marca perdían poder.

Volviendo a las morcillas, y a las avellanas, y a los bares… a La Virgen del Camino… ya se huele la marabunta. Y se huele porque se acabaron las fiestas, ese anticipo patronal que a mediados de septiembre nos transportaba a un templete de madera y a orquestas de medio pelo, a un escenario detrás del Salón Parroquial en el que, debajo y siendo niños, nos escondíamos para ver a las cantantes cambiarse de ropa entre canción y canción mientras eran asustadas con nuestros petardos antes de cantar “Los Pajaritos” de María Jesús. Y había sopas de ajo, y chocolatada, y cucaña, y carrera de sacos, y carrera de cintas… y siempre ganaban los mismos, como el maratón de vicio, porque a vicio, también vencíamos. Hasta teníamos un cura que no se perdía una farra, paradigma de esa virtud tan nuestra que algunos llamarían pecado.

Por eso, cuando llegaban las novenas anticipando la fiesta del 5 de octubre, muchos tratábamos de redimirnos al soniquete aquel que aún me persigue: “Ave, Ave María, Madre de Dios, ruega por nosotros…” –lástima que no quepa un audio en estas líneas, pero seguro que los del pueblo recuerdan la sintonía-. Allí aparecían los que trataban de implorar aprobados, los que buscaban hallar el afecto –no existían páginas web para encontrar pareja-, los que iban por principios, los que buscaban principios y los que los habían perdido, si es que alguna vez los tuvieron. Y, también, por la tarde, a la puerta del santuario, mis hermanos y yo, vendiendo velas que, como atrapasueños, atraparan la fe.

Vendíamos velas, muchas velas, como había hecho mi madre, o mi abuela, que para eso tenían una droguería y nosotros siempre fuimos “los de la droguera”. Sin estudios de mercado y esas modernidades, sabíamos que si cubríamos gastos en las novenas, todo lo de San Froilán quedaba limpio. Como ven, no necesitábamos un gestor. Cada cual a lo suyo, en el pueblo nos buscábamos la vida para sacar partido a un día donde los de los negocios soñaban con dólares de los del Tío Gilito, todo para “atropar unas perras”. Recuerdo a la madre de Laureano -vaya susto le dio el primer año cuando aparecimos los tres en manada haciéndole a la mujer una competencia que hasta la fecha desconocía- organizando la faena. Al final, nos repartíamos zonas con ella, con estudio previo de mercado, eso sí, dependiendo del parking de los autobuses. Y allí conocimos el ciclo de la vida de la vela; nosotros las vendíamos, los curas no dejaban tenerlas encendidas en el Santuario y obligaban a ponerlas en un altar. Cuando se llenaba las guardaban y se las vendían de nuevo al fabricante. Este nos las vendía a nosotros. Ganábamos todos. Business is business, que dirían los americanos.

Al final, te ibas con los bolsillos llenos de monedas de veinte duros a comprar avellanas allí mismo, donde la abuela de Sandra y Santi, o donde Laureano; o a rascar el precio de una radio a un norteafricano para escuchar a la Cultural el domingo y, si entraba el apetito, a inflarte a morcilla o a pulpo. Acababas rendido al final del día en el Montreal de Casimiro, tomando una cocacola mientras deseabas que se fueran de una vez los foráneos y la rutina regresara otra vez hasta otro año, para ver el maratón del vicio, para redimirte en las novenas, para comer avellanas y vender velas.

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