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Rubén de la Barrera da instrucciones a sus jugadores durante un partido.
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Rubén de la Barrera da instrucciones a sus jugadores durante un partido. (Foto: RC Irene)

Cualquiera fue capataz

Después de tantos años dejando el cortijo a los exponentes de la ignorancia, gratifica escuchar a alguien como Rubén De la Barrera

martes 22 de noviembre de 2016, 21:14h

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Me sorprende Rubén de la Barrera por lo que dice y por la forma en la que lo dice. Se lo cree, que es lo importante, y esa creencia nos permite soñar a los incrédulos, a los que hemos saboreado el café con posos, la pelota manchada por las deudas

Cuando leo una entrevista suelo fijarme en las preguntas. Hay veces en las que el interrogado deja poco espacio y recurre a los tópicos, como los niños cuando apelan a las excusas ante las culpas manifiestas. Otras veces, el sesgo de los clubes hace tanto por acercarse a la corrección que el entrevistado esconde su personalidad entre banalidades. Pero la que he leído en esta bitácora a De la Barrera me hace pensar que muchas veces escupir las dudas, aunque se acerquen a un límite donde lo malicioso y lo informal se pasean de la mano, es mejor que exponerse en altavoces interesados –y generalmente, complacientes-.

Me sorprende el gallego por lo que dice y por la forma en la que lo dice. Se lo cree, que es lo importante, y esa creencia nos permite a los incrédulos soñar. Muchos hemos saboreado el café con posos, la pelota manchada por las deudas, los grilletes en los tobillos de unos jugadores que no cobraban… Y me voy lejos. No a la época de Profutle, aquellos ladrilleros y demás sujetos con cuya argamasa se tejían con hilo fino promesas incunables. Me voy a la época de Carrete, y a la de aquel medio del campo leonés donde Ramonín, Fierro, Sami pasaban apuros para llegar a fin de mes, pero se dejaban la piel en esos ásperos campos donde rascando acumulabas algún punto y muchos jirones –en el alma y en la tabla-.

Por eso, leer a alguien que apura el sentido común –el menos común para algunos que estuvieron apoltronados en el palco- te hace reflexionar. Porque De la Barrera parece que ve el mundo sin lentes, que busca cristales donde la visión no se empañe, que sostiene su credo en manías que a la grada le alimentan –esa indumentaria repetitiva en los choques, esos gestos, esa confianza…-.

Los que seguimos a la Cultural en Tardajos; los que idealizamos aún a Carolo: los que sufrimos con el gol de Carpintero –nada que objetar a un profesional que cumplió su rol, pese a una grada confundida en la creencia manipulada de su amor a unos colores y que desconoce que Tomé lo despreció-, los que soñamos en Motril, Lérida o Getafe; los que vimos a Gusi o a Ochoa volver loco a Puyol en el filial culé, en el viejo Amilivia: los que entendimos a Tomé -el gallego- cuando se desgañitaba en una fase de ascenso en Viveiro… En fin, los que fuimos, en las vacas flacas, sufridores. Cuando llegaron las reses alimentadas cualquiera quiso ser capataz. La pena fue no acertar y haber dejado el cortijo a los exponentes de la ignorancia del balompié. Pero ahora, parece que llega un tipo que sabe. Ojalá jubile a esa historia con lastre que hace grande a la Cultural en la categoría de bronce, pero más grande aún en el corazón con trincheras que a algunos aún les sostiene.

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