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Cambiasso y Xavi Hernández fueron rivales de la Cultural en una fase de ascenso.
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Cambiasso y Xavi Hernández fueron rivales de la Cultural en una fase de ascenso.

La novia de Cambiasso

Hubo momentos en que jugar una fase de ascenso permitía hacer castillos en el aire

martes 13 de diciembre de 2016, 17:19h

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Mirando a un calendario no muy lejano hubo un tiempo, tras la debacle de los ladrilleros, en el que aspirar a celebrar un encuentro en una mesa no pasaba de imaginarse en un fast food barato con autoservicio

Ahora que parecemos grandes –liderar la tabla hace que nos sueñen con el pecho henchido- y que nos imaginamos triunfando entre gestas que hace apenas unos años veíamos impensables, nos acostumbramos a arañar poco en la memoria y pensar en un día a día donde esas cenas antes de navidad nos sostienen ahora en una importancia que solo la plantilla es capaz de ofrecernos. Porque mirando a un calendario no muy lejano hubo un tiempo, tras la debacle de los ladrilleros, en el que aspirar a celebrar un encuentro en una mesa no pasaba de imaginarse en un fast food barato con autoservicio.

Pero antes hubo más. Y hubo momentos en los que jugar una fase de ascenso también nos permitía hacer castillos en el aire, con poco humo, sin olor a ese incienso que luego nos daba esa derrota tan acostumbrada a lo leonés desde que Martín Villa, otro cazurro que exilió su sentimiento natal para que buscáramos cobijo en Valladolid, nos traicionó. Volviendo al tema, que quisimos ser grandes. ¿Cómo? Con mentiras de gestores que se asomaban a los palcos con caladas de puros y corbatas apuradas tras opíparas comidas. Con entrevistas que sirvieron de lastre para conocerse en el error –siempre a posteriori- y reconocerse en la mentira, en fin, para mantener a la afición alejada de las decisiones pero siempre cercana al sentimiento.

Y por eso, tras este mes pasado donde lo merengue galáctico paseaba su suficiencia ante los nuestros, yo me acordaba de otras gestas, más humildes, en aquel Amilivia sin asientos, con bancadas de cemento y verjas de alambre para separar a la plebe energúmena de la razón del silbato –con una sonrisa en los labios recuerdo aún la foto de La Crónica, creo que de Mauricio, en la que un actual colaborador del Diario de León enseñaba garra y diente, como la Pantoja, queriéndose devorar al colegiado cuando accedía a los vestuarios-.

Y recuerdo, casi veinte años atrás, una fase de ascenso en la que nos visitó un filial madridista, y el Cádiz, y también el segundo equipo del Barcelona, con futuros campeones del mundo doce años después. Pero me centro en aquel Real Madrid B en el que, a diferencia de los culés, sus jugadores tuvieron menos lustre en la élite. Pocos llegaron a asentarse en Primera; Rojas y Valcarce, dos laterales con carrera en el Málaga, Rivera, que había debutado marcando en Vigo, con Valdano en el primer equipo, Mista, autor del gol en León, y, sobre todo, Esteban Cambiasso, un imberbe argentino de melena a semejanza de Redondo que, con 17 años, movía todo el cotarro en el centro del campo del equipo. Había llegado a España con su hermano Nicolás, un portero con carrera de banquillo que siempre fue sombra, hasta en los contratos de Esteban. En la grada, era su pareja, que había venido a verle empatar, la que dirigía el espectáculo. Su llegada intuía mucho más que ver llegar al autobús madridista a aquellos vetustos vestuarios. Aparcó su deportivo al final de la Calle Murillo, entre el Colegio Luis Vives y el parque, ofreciendo minutos interminables de gloria visual a todos los viandantes que, hasta su acceso a las gradas, evitaron pensar en el partido. Su lugar en la bancada de tribuna, entre puros y digestiones, provocó alguna tortícolis, signos de admiración y odio generalizado hacia un argentino del que se dudaba de su amor o de su contrato. Cerca de ella, con mucho menos glamour, estaba Vicente del Bosque, en las categorías inferiores del club blanco por entonces, y al que recuerdo con una actitud borde, y hasta chulesca, hacia la prensa leonesa. Años después, cambió. Una mutación extraña cuando se suele ser humilde en el anonimato y jactancioso en la victoria. Cosas insólitas del fútbol, supongo.

¿Del partido? Acabaron empatado a un gol. Mista adelantó a los del filial y Miguélez hizo las tablas poco después. El campo, como ante el Barcelona B de Puyol, Xavi, Luis García, Gabri, Mario, Ferrón… Estaba a reventar. Más de diez mil personas, pero yo sólo recuerdo a una, a la novia de Cambiasso.

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