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La afición de la Cultural responderá ante un día que puede ser histórico.
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La afición de la Cultural responderá ante un día que puede ser histórico. (Foto: RC Irene)

Ya hubo trajes limpios para domingos como éste

La nueva realidad de la Cultural traerá muchos partidos como el del domingo

jueves 16 de marzo de 2017, 18:49h

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Le doy vueltas y no acierto a encontrar en las palabras del gurú del despacho una razón para ese alarmismo más de butaca y puro que de realidad

Supongo que, después de las visitas de los ‘grandes’ en la Copa del Rey y los derbis con la Ponferradina, los culturalistas deban lamerse su reciente historia de decepciones con partidos como el que nos llega el fin de semana.

Le doy vueltas –a mucha distancia- y, por más que me pienso, no acierto a encontrar en las palabras del gurú del despacho una razón para ese alarmismo que considero más de butaca y puro que de realidad. La importancia, en estos casos, decae por esa realidad que les asuela a los perdedores cuando comienzan a sentir la sangre y la carencia de vendajes.

En el vestuario no creo que busquen apósitos cuando son ellos los que manejan su tiempo, cuando suman puntos a cuchilladas, cuando se asocian a la grada y juegan, según me cuentan, como hacía años que muchos soñábamos a la Cultural hacerlo.

Los de las pipas y el papel Dardo del simultáneo nos asomábamos a esta histeria colectiva cuando el asturiano Guillermo arrasaba goleando muchos años atrás, cuando Martino, Ramonín o Sami engullían kilómetros como locomotoras supliendo un talento que compensaban con sacrificio, cuando pensábamos que el argentino Arturi era más delantero que coleta y se paseaba por la transición de aquella Área Deportiva con más facha de modelo sudamericano con labia que fútbol. Pero bueno, estando un maestro del humor en aquel banco como José Enrique Diaz, poco se podía esperar.

Contextualizando me acerco a aquel Racing de Santander, en este caso filial, al que le recuerdo del último año en el que seguí a la Cultural, en la 2000/01, el curso de Antonio Gómez, del Nuevo Amilivia –ni era Reino ni se le atisbaba aunque los políticos se asomaban buscando el flash, condición inherente a su estado laboral-, de la fase de ascenso, del suplicio del inicio de aquella campaña…

Hacía entonces la revista Áúpa Cultural y solía desplazarme a ver partidos de los leoneses a domicilio. Recuerdo algunos, como en Burgos o Irún, y recuerdo, con especial arraigo en mi memoria, el partido a mediados de febrero de 2001 en La Albericia. Ganó la Cultural, 2-3, con un gol de Suárez de falta en el descuento. Se habían adelantado los cántabros y Miguélez, por partida doble, puso en ventaja a los leoneses. Pero Pablo Sierra, con trayectoria posterior en el profesionalismo, empataría. Cuando ya se asomaba el final, el maño marcaba el gol de la victoria para los del gallego Gómez. La mañana fue infernal; llovía y el viento ayudaba a imaginarnos los partidos matinales en La Palomera cuando el San Francisco de Carlos Gutiérrez recibía al Pizarrales o aquel equipo zamorano al que patrocinaba un lupanar, El Gallo Rojo creo recordar. Un desastre climatológico, en definitiva, con la resaca de la noche anterior en un lugar donde Aurora y Carlos –conocí aquel día al varón de Valdeorras- hacían de anfitriones y nos llevaron por el mal camino a mi hermano Javi y a mí. Me viene a la memoria cenar una ventresca tremenda en un bar donde tocaban el piano. Recuerdo salir de allí y recuerdo que olvidé todo lo demás hasta que amanecí en la casa de mis amigos para salir fugazmente para el complejo deportivo racinguista. Pisé el ramal, como diría mi padre. En aquel equipo filial había buena plantilla, jugadores que llegaron a la élite –Matabuena, el propio Sierra, Pablo Casar, Nando…- un plantillón que no acertaba a encontrarse y se abastecía de sufrimiento en la parte baja de la tabla.

Ahora me imagino todo distinto, 16 años después, cuando hoy el equipo vive en otras realidades, cuando se cobra al día, cuando se sostienen los galones en la tabla mirando por encima del hombro a los demás –y no es soberbia, son datos-, cuando nos anudamos la corbata, no sea que los de la foto nos pillen en renuncio.

Y no le doy importancia a mi resaca de entonces, se la doy a los que pasaron representando esas camisetas que muchas veces se llevó Manolín a lavar a su casa por falta de fondos, a los del urripirripirrá del viejo Amilivia, a los que ateridos de frío, humedad y niebla siguieron confiando en los blancos pese a José Enrique Díaz y personajes de farándula similares –en las directivas posteriores casi siempre encontraron acomodo-… y pienso en la Cultural de Carrete, y en Ramonín, Sami, Fierro, Martino, Oliver… para ellos sería un partido más, no el más importante porque ese estaba aún por llegar.

Por eso, aunque ahora nos pretenden vender como ostentosos con unos cataríes que nos han traído el oro y el… -evito continuar para evitar connotaciones peligrosas- nos queda la historia como parte de lo que fuimos, no de esa otra a la que los medrosos de palco y despacho nos quieren llevar. La estructura, ese profesionalismo manido de titular fácil y espíritu barato, y el sentimiento a veces no cuadran. A mí, entonces, me cuadraba un equipo sencillo, casi memorístico, con sentimiento blanco. Seguro que el padre de Enriquín me entiende.

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