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¿Cherokee? No, de La Virgen / Ángel García

La afición de la Cultural está ante un día para olvidar cuatro décadas de sinsabores.
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La afición de la Cultural está ante un día para olvidar cuatro décadas de sinsabores. (Foto: RC Irene)

Ascenso… pese a muchos

Estamos ante un día especial tras años de miserias, siempre buscando exprimir las ubres de quien vivía con lo justo

jueves 25 de mayo de 2017, 08:07h

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El partido del domingo debe ir por aquellos fieles que pasaron frío en el Amilivia, que se llevaron tapines tras el partido del Barakaldo, que se comieron la niebla en el Área Deportiva y que se creyeron las no verdades de muchos

Me imagino el domingo, quizás con los restos de lamparones de la camisa blanca del sábado, con la festividad encubierta en el límite entre la noche sexual anterior y la deportiva de la tarde… pero siempre de blanco. Ccomo blanca es la camiseta –o debería, de no ser por ese manchón vertical rojo que no ha cortado el sentimiento-.

Porque cogimos la historia delgada, casi con alfileres, sabiendo que, como las mozas y la edad en el dicho “gordas ya se pondrían”. Y es que son muchos años de recuerdos, de fotos de Mauricio en prensa. Siempre en blanco y negro, como escenas de cine mudo donde veíamos a Carrete desgañitarse o a Mielgo, sí, el del Diario, engullendo en el túnel de vestuarios a un colegiado timorato que no sabía que los nuestros hicieron leyes antes que Martín Villa, castellano infiltrado en la provincia, nos solicitara el finiquito.

Por eso, el partido del domingo nos tiene que mostrar con nuestras mejores galas. Las deportivas y las emocionales. Porque en el recuerdo y en la historia vamos muy por delante del resto. Seguro que los del césped necesitan poco. Los de la grada, más, mucho más. Han sido años de miserias sentimentales, de noviazgos desleales, de heridas lamidas por quien no debía, siempre buscando exprimir las ubres de quien vivía con lo justo. Siempre quisimos tirar de la más larga, cuando de las tres, nos bastaba con cualquiera. Por eso el aterrizaje siempre dolía. Tanta suficiencia entre ladrilleros, con directivos de medio pelo, engominados entre la ignorancia de justificar su vida en un tajo equivocado. En el campo había futbolistas, en la grada, aficionados… no lacayos sin prestigio. De ahí que costara un mundo sentirse importantes cuando la importancia era señal de nuestra identidad. Porque fuimos héroes en la nada y hoy, el domingo, encontraremos la salida.

Creo que Tomasín ha sacado lustre a sus sentimientos y espera ansioso a esa Cultural que, como sus galgos, caminaba siempre en el alambre. Y que a los de La Virgen que se mantuvieron fieles al club en el dilema de los dos equipos en Tercera no les entran las camisas en el pecho. Los imagino, en la distancia, como imagino a Cubillas padre haciendo de taxista a la legión de chavales que iban a animar a su sobrino, Ramonín, hace más de treinta años. Y me acuerdo de las fases de ascenso ante el Eldense, y del 9-1 que sufrimos ante el filial del Betis cuando buscábamos hacernos hueco en Segunda B tras años en Tercera… Y de Aguinaga, y de Iturbe, un extremo vasco que calentaba la banda en la 87/88 y nos prometía festejar con nosotros si marcaba –nunca lo hizo o lo olvidó-. Y de Carrete, de Oliver, de aquellos veranos con las visitas del Real Madrid o del MTK de Budapest… y aparecía Manolo ‘Patatas’ a regalarnos un tambor que no era suyo en la parroquia de La Virgen del Camino donde su hijo iba a hacer la comunión. ¡Qué años de miserias! Ganar al Arenteiro o al Bergantiños era nuestra ‘champions’ cuando el descenso nos acariciaba. Y Gelo era un rapacín que lanzaba las faltas como los ángeles. Luego llegó Salvio, inversamente proporcional su relación entre su fanatismo blanco y su gestión, y Tomé, el gallego que nos devolvió al bronce en una fase de ascenso ante el Viveiro, Carabanchel y el Titánico asturiano. Al desastre nos habían llevado el canario Pérez o Endériz, un uruguayo muy discreto que sacó una hornada excelente de canteranos como Edu, Herreras, los dos Óscar, Pérez…

Volvimos entonces a sentirnos importantes porque nos hicimos asiduos a jugar fases de ascenso mientras tratábamos de aunar expectativas y ridículos. Menos mal que estaba gente que se sentía como parte del escudo; Ochoa, Ballesteros o Ángel Luis habían cogido el relevo de Sami, Fierro o Ramonín. Venían mercenarios –profesionales para algunos- a golpe de talón, con el dinero de la construcción y el aval de directores deportivos que miraban el currículo y se volvían locos con las fotos. Tuvimos personajes de revista, sedientos de fotos y tarjetas de visitas. Ramón Fernández, adalid del desastre, fue el paradigma. Había dinero ‘a esgaya’, les prestaba a aquellos directivos estar siempre en los focos, pasear en deportivos y mirar por encima del hombro a los jugadores. Pero es que luego apareció Mezquita, y las campañas interesadas desde el decano de la prensa leonesa, siempre de forma indefinida… y se cayó a Tercera. Y de allí nos sacó Cembranos, aunque a algunos les duela, y el sentimiento de algunos leoneses, como Santi Santos o Calzado, que no abandonaron el barco.

Hasta que apareció Llamazares, aquel que de fútbol iba con lo justo por la vida pero que también buscaba –y busca- el romance con los focos. Poco más se puede decir de este hombre. Quizás que se vaya cuanto antes sería lo mejor.

Pero este domingo él sobra. Será tiempo de acordarse de una plantilla que limita la excelencia, que ha logrado lo que otros buscaron con muy pocos recursos. De un enorme técnico, de una gran afición, de muchos que lo vivirán en la distancia con la camiseta en la piel, los nervios apurando la vida y las lágrimas en los ojos. Yo, que soy cazurro de la Virgen del Camino, a esa hora estaré en Toronto, de regreso a casa buscando wifi de forma desesperada y pensando en aquellos fieles que pasaron frío en el Amilivia, que se llevaron tapines tras el partido del Barakaldo, que se comieron la niebla en el Área Deportiva, que se creyeron las no verdades de Profutle, de Ramón y de otros muchos.

La blanca, el domingo, y el alma en un puño.
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