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Ricardo, subió la Cultural
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Ricardo, subió la Cultural

Supongo que te lo habrán contado, pero subió la Cultural. Sí, tu equipo, ése con el que te picaba cuando me ponía la camiseta de la Ponfe

lunes 07 de agosto de 2017, 20:03h

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Me costó mucho volver a tu casa. A veces, regresar sobre los pasos caminados te obliga a pisar las mismas huellas, pero esta vez -mi primera tras tu partida- no pude hacerlo. Valdevimbre, aunque igual en su paisaje, no me supo igual; ni su aire –atragantado en mi garganta a medida que me acercaba a esa casa en la que compartimos aquel último verano juntos, hace ya dos años-; ni el sonido, apenas perceptible, que suele sostener sus sobremesas. Porque fue a esa hora cuando fui, para encontrarme con todos los tuyos, los más cercanos.

Me dolió asomarme a esa curva desde la que atisbé la fábrica, con esos perros tan tuyos que alimentabas con los manjares de las bodegas; el parque donde giré hacia tu casa; la plaza donde aparqué, enfrente a ella… y, sobre todo, el timbre cuando debí llamar para presentarme. Y allí estaban todos. Todos. Incluso tú. Tu presencia no se ha ido; vigilante, hierático en esas fotos que saludan la entrada con tus mejores galas, incluso con esa media melena que nos servía para picarte. “Córtate el pelo, coño, que te vas a cargar al gremio de peluqueros” te decía. “Anda, tú que tienes envidia”, contestabas. Yo, calvo de manual. Tú, guapo con pedigrí y peludo, porfiando con Prida sin igualarle.

Traté de arrinconar mi amargura. Al fin y al cabo, no tenía derecho tras haber estado sin verte muchos meses. Nos sabíamos ambos de nuestras vidas por ese cordón umbilical que nos tenía conectado donde tus hermanos y el Pentágono solían poner las imágenes, esas películas que, como cine mudo, te permiten interpretar. Yo viajaba millas, kilómetros a mucha distancia, tú las soñabas como nadie, siempre con una sonrisa. Siempre con tu sonrisa. Porque sonreír era algo innato que te pertenecía, porque vivir era la posesión a la que te aferrabas. Pese a la esperanza puesta en aquellos viajes a Madrid, pese a la consistencia de esa fuerza interior que sacabas para no rendirte cuando algunos nos preguntábamos de dónde saldría.

Han pasado muchas cosas, Ricardo. Muchas. Seguro que te habrás enterado. Desde tu partida nada es lo mismo. Nos hemos reunido de nuevo nosotros, los de ese Pentágono que tú bautizaste. Estaba Javi, estaba Fer, Prida, incluso animamos a Cristina también. Fue pentagonal ella por unas horas. Nos hemos reído con aquellas anécdotas que protagonizabas con la austeridad de los que valoran, a partes iguales, la sonrisa y la tristeza. Porque te recordamos alegre, siempre. “Lío en Río”, insistías para convencernos. Pero nada. Estábamos casados y hacíamos fiesta del par de veces que nos disfrutábamos juntos en las noches leonesas donde la fuga en San Blasín o las antenas del golf siempre tenían cabida. Matar un perro y llamarte mataperros.

Ahora me siento, otra vez en Oklahoma, huérfano de aquello. Y quiero recordarte, como lo hacemos los que te seguimos queriendo. Como lo hacen cada día quienes siguen allí, esa familia tuya que ahora también es nuestra. Y no te echamos de menos porque sigues con nosotros. No hay rendición cuando el recuerdo se mantiene. A veces miro esa foto que te hiciste Darío y que tengo en la pared… y te pienso conmigo.

Por cierto, lo olvidaba. Supongo que te lo habrán contado, pero subió la Cultural, sí tu equipo. Y ése con el que te picaba cuando me ponía yo la camiseta de la Ponfe. Y veo la foto de la última vez que fuimos al Reino de León. Te la acompaño, de cuando éramos el cojo y el mudo.

Subió Ricardo, sí subió, como tú subiste a ese cielo impersonal desde el que nos vigilas. Sigue haciéndolo, te necesitamos ahí. Eres nuestra guía, lo serás siempre… sonriendo.
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