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¿Cherokee? No, de La Virgen

“¿Estás loco? ¿Gol de quién?”
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“¿Estás loco? ¿Gol de quién?”

Un particular homenaje, con un día de retraso, a la radio deportiva de los 90 en León ya desaparecida

miércoles 14 de febrero de 2018, 11:28h

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Voy con retraso, lo sé. El Día de la Radio pasó. Como pasaron también un montón de esos días ahora que somos modernos y celebramos hasta el Día de las Amapolas Verdes o el Día de los Charcos que simulan ser Pantanos. Todo son celebraciones cuando apenas tenemos motivos para celebrar.

Pero a lo que voy, que soy de La Virgen, me despisto y tomo al atajo a Montejos por el Camino del Gonio. Iba a rascarme la barriga mientras soñaba despierto ayer sobre lo que fue la radio, mi radio, y lo que se perdió sin mí –creo que más bien ganó-. Porque ganó mucho, al menos en León, donde ahora juegan Champions los jornaleros de las ondas tras lamerse las heridas algunos de ellos en Tardajos, por ejemplo, un 22 de enero del 95, cuando les escuchamos contarnos como la Cultural empataba en aquel campo a un par de leguas de Burgos. No olvidemos que entonces los castellanos iban por delante de la Ponferradina en la tabla, de aquella, cuando los bercianos eran penúltimos.

Pues eso, que la radio ganó, y vaya si ganó. En estas historias de abuelo cebolleta, cuando ya he pasado los cuarenta, se sostienen miserias emocionales con batallas victoriosas, medallas de hojalata que llegué a saborear en las olimpiadas de una sinrazón adolescente que discutía con mi inmadurez. Porque tengo que decir, sacando pecho y metiendo tripa ahora, que debuté, con ínfulas de grande de las ondas, cuando apenas era juvenil. Lo hice arrastrando una pesada maleta de Radio Nacional de España en el Amilivia, el verdadero, aquel de cemento y alambres como vallas donde los Mielgos del Diario se sentían hombres implorando gritos de libertad, aunque fuese engulléndose a los colegiados. Eran otros tiempos donde el fútbol valía demasiado pero perdía ante las hormonas. Y nunca, desde mi óptica sesgada, alcanzó a saborear un empate.

Porque ir al Amilivia entonces significaba renunciar a los ligoteos, a las chicas, al flirteo de cuando triunfabas –casi nunca- o cuando perdías –rutinariamente una costumbre-. Pero creo que tengo que contextualizar el momento. La Cultural, de entonces, estaba peleando por jugar el playoff a las órdenes de Lillo, aquel técnico barbilampiño que se subió a la catapulta culturalista para comenzar a brillar ante los flashes de la élite. Era una Cultural con Teo Abajo, Jandri, Manzanedo o el más grande, Ramonín el de Robledo, que para eso era el primo de Kike Cubillas. En RNE estaba Carmona en los deportes con un despliegue de los que pocas veces se han visto por León; Ladislao Verde, Javi Calvo, César Buitrón, Gil Fernández, mi hermano, Luis Eduardo, además de un montón de corresponsales que hacían unos carruseles dominicales enormes cubriendo hasta Regional Preferente. Que el Arenas, el Fabero o el Spartak Villafranquino –nombre que se asocia a la élite- tuvieran minutos entonces es un hito que no se ha vuelto a recuperar en León. A mí me llamaba la atención Olegario, un central que compartía nombre con mi padre y que ahora no recuerdo el equipo de la provincia que defendía. Si jugara actualmente, estoy seguro que sería carne de tatuaje.

Y sigo. Aquella Cultural peleaba por meter el hocico entre los primeros… y entonces llegó el lío. Mi hermano viajaba con el equipo blanco, Calvo y César se iban para La Crónica, como todas las tardes de domingo, Ladislao no estaba… y acabé yo, convencido por Calvo, arrastrando una pesada maleta llena de cables escaleras arriba hacia aquellas cabinas acristaladas del Amilivia. Estuve un par de partidos, supongo que se darían cuenta que el tercero podría ser una oportunidad desmerecida y no me lo llegaron a ofrecer. Fueron los justos para darme cuenta que aquel filial que entrenaba Losada era un equipazo. Ganaron en uno de ellos, creo, y perdonad el posible desliz en las neuronas, 4-1 al Fabero. Estaba el asturiano Dani, Edu, Herreras, Pérez, Jorge, Óscar I y el riojano Óscar II entre otros. Una plantilla que Cacho Endériz, la temporada siguiente y año 1 en la era post-Lillo, ascendió en su mayoría al primer equipo. Aquel partido yo estaba que no estaba. Tendría algún ligue esperando para ir a Tropicana, o la envidia de ver a mis amiguetes ‘privando’ mientras yo permanecía inerte en aquella cabina en la que canté un gol fantasma. Lo recuerdo como si fuera ayer. Estaba medio acostado entre dos sillas, mirando el partido reflejado en el cristal lateral cuando un culturalista remató al lateral moviéndose la red. Inmediatamente abrí espacio para cantar el gol sin mirar al terreno de juego. Mientras apuntaba la ejecución en el papel siento los golpes de nudillos en los cristales de aficionados con los auriculares. “¿Pero qué dices?, ¿estás loco? ¿gol de quién?”. Yo flipaba mientras miraba al campo y veía como el Fabero trataba de llegar a la meta que defendía, creo, el Chato Martínez (¿o estaba Badeso?). Cuando me dan paso en directo no se me ocurrió nada mejor que soltar que el colegiado lo había anulado. El despiporre en la grada fue bestial. Ni Gago en sus mejores épocas me igualaba en ese momento. Fue mi despedida de aquellos carruseles. Me fui yo, no me echaron, aunque tampoco lo hubieran hecho, me hubieran denigrado perpetuamente a Azadinos, La Granja o Agrícolas. Aquella gente de aquella prensa era buena gente, un vivero que me sirvió para darme cuenta que aquello no me gustaba, que la inmediatez de la radio no era lo mío, que prefería escribir, que soñaba con las tardes adolescentes de feromonas, que buscaba excusas para no volver entre la vergüenza y el peso de la memoria (y de la maleta).

Son recuerdos que me asocian los años a lo que pude ser y no quise, a la actitud y el valor ante el micro, a los sueños de los que quieren. Por eso me encantan los locutores, que no periodistas, aunque algunos sean periodistas. Me abastecen de recursos emocionales y se anclan a una experiencia que abofeteó mi realidad. Saqué conclusiones. La primera es sencilla: emocionar. Quien no lo haga que diga adiós. Y la radio emociona, mucho. Y transmite, en exceso.

Por cierto, para terminar, no cobraba nada. No me pagaban. Tampoco pedía. Era una lección estar al lado de aquellos, escuchando, mirando, auscultando su realidad. Llegar de Agrícolas a RNE en Ordoño, en las matinales, tras ver al Universidad de Villafañe y Roberto Carlos, y que te llevaran al terminar su programa a La Mejillonera... Era yo un juvenil entonces, pero de todo aprendí.

P.D: No me puedo ir de este texto sin olvidarme de los más grandes; Gago, un tipo que entre el desliz y la paciencia, creó algo que pocos hacían: hacer legión de seguidores, sostenerse entre dimes y diretes de errores y noticias mientras alargaba los domingos con aquella quiniela donde solo los entendidos podían participar. Y mi hermano, Luis Eduardo, ahora en Esradio Asturias, mi referente en la actitud ante su pasional estilo ante el micro, ahora con el Sporting.
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  • “¿Estás loco? ¿Gol de quién?”

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    11926 | Sherlock - 14/02/2018 @ 19:15:00 (GMT+1)
    No sé si la radio perdió una voz...tal vez, aunque no lo tengo tan claro. Pero lo que tengo más claro que el caldo de un asilo es que se ganó una buena pluma y no precisamente de las que abundaban en algunas callejuelas de zonas "pantanosas" de la capital leonesa.

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