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Efeméride

La expedición de la Once en la cumbre del Aconcagua. (Reportaje gráfico: Carmelo Larumbe)
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La expedición de la Once en la cumbre del Aconcagua. (Reportaje gráfico: Carmelo Larumbe)

El día que Alfonso Fidalgo entró en la historia

El 15 de enero de 2019 se cumple un cuarto de siglo del día en el que el deportista invidente leonés llegó a la cima del Aconcagua

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El 15 de enero de 1994 culminó una histórica expedición en la que tres invidentes: el cantante Serafín Zubiri, el judoka, esquiador y fisioterapeuta Javier Sainz de Murieta y el pentacampeón paralímpico de Cembranos se convirtieron en los primeros ciegos en pisar la cima de America

Pocos personajes ha dado el deporte leonés más fascinantes que Alfonso Fidalgo. Su vida da para una película... o para varias. Para una de superación, otra de conquistas que parecían imposibles para un ciego y, por encima de cualquier otra cosa, para una de integración de verdad, más allá del postureo que siempre invade todo cuando se habla de integrar la discapacidad, pero que no siempre es lo que parece.

Alfonso Fidalgo es un ‘supermán’ del deporte y de la vida. Un portento que está de ‘cumpleaños’ porque este 15 de enero, a las 20:00 horas de la península, se cumplirán exactamente 25 años de una de sus gestas más emotivas, la que protagonizó junto al cantante navarro Serafín Zubiri y el esquiador, judoka y fisioterapeuta Javier Sainz de Murieta al convertirse en los tres primeros invidentes que alcanzaban la cima del Aconcagua en una expedición navarra apadrinada por la Once.

Alfonso Fidalgo se habrí ganado un lugar en la historia del deporte leonés por sus cinco medallas de oro y una de plata en Juegos Paralímpicos, o por sus récords del mundo, o por haber sido el primer ciego en competir contra deportistas ‘normales’ en competiciones de atletismo, pero su gesta más mediática fue la que protagonizó en aquel lejano año 1994, el 15 de enero en el que los tres invidentes rompieron a llorar por la emoción de romper una barrera que parecía inalcanzable, un elogio a la locura.

Sus lágrimas eran las de la satisfacción, la del orgullo y hasta las de la pena. “Lloré por muchas cosas. Porque estábamos en el techo de América, casi 7.000 metros por encima del nivel del mar, pero también eran mis lágrimas por la impotencia de no poder disfrutar de aquella vistas. Es casi una desesperación. Sin ninguna duda uno de los días en los que más he sentido no poder ver desde que me quedé ciego. Pero, sobre todo, eran las lágrimas de la satisfacción de haber conseguido algo que parecía prohibitivo para un ciego”, recuerda Alfonso Fidalgo.

Aquel día culminaba una aventura que había empezado muchos meses atrás. Y también empezó con anécdota. Serafín Zubiri, el más conocido de los tres invidentes fue el que abanderó el proyecto. El cantante navarro fue quien llamó a Alfonso Fidalgo para preguntarle si le interesaba el reto. “Y yo le colgué el teléfono. Estaba concentrado para el Mundial de Berlín y pensé que eran mis compañeros de selección gastándome una broma. Me llamó media docena de veces sin que me pusiera al teléfono. Al final hablamos, me lo propuso y ni me lo planteé, le dije que sí”, recuerda el deportista de Cembranos que sí empezó a sentir el ‘miedo’ al iniciar los preparativos. “Cuando empezamos a entrenar en Pirineos con nieve sí que hubo un momento en el que pensé dónde me había metido, pero a la vez era tan atractiva la aventura que estaba feliz por ser parte de aquella expedición”.

La llegada al Aconcagua no fue sólo aquella expedición a caballo de los años 1993 y 1994. Detrás había más de un año de trabajo cuando el 27 de diciembre de 1993 los tres invidentes se ponían en marcha en la base de la montaña más alta del hemisferio austral, acompañados por montañeros curtidos en mil batallas con muchos 'ochomiles' en sus piernas como Mari Abrego, Óscar Lizoain, Carmelo Larumbe, Josema Casimiro y el médico Javier Garayoa. La cumbre del Aconcagua llamaba a los tres invidentes desde sus 6.959 metros.

Era un gran sueño por el que sufrir y disfrutar en la frontera entre Argentina y Chile. 19 días de aventura que aún pone los pelos de punta a Alfonso Fidalgo. “Conseguimos, cada uno con nuestras vidas, respetarnos y convivir en una situación muy complicada. Fue un trabajo en equipo que era fundamental para conseguir lo que queríamos, demostrar que un invidente puede hacer muchas más cosas de lo que la gente cree. No sé si fuimos un ejemplo. Yo creo que sí. Y nos llenó de orgullo aquella frase de uno de los sherpas que nos acompañó. Sus padres eran ciegos y nos dio las gracias porque nos dijo que al vernos disfrutar ahora sí podría explicar a sus padres cómo se puede disfrutar de la montaña sin necesidad de ver”.

En casi 20 días de aventura hubo momentos difíciles. “Lo más complicado para nosotros es que al no ver nunca sabes dónde pisas, eso te obliga a un gasto extra de energía respecto a alguien que sí ve dónde va pisando. Además, cuando apretaba el frío y había que taparse con la capucha apenas podías oír y eso para nosotros, que nos guiábamos por los cencerros que llevaban nuestros guías, era una complicación añadida”, recuerda Alfonso Fidalgo que también reconoce que tenían dos ventajas, una en serio y otra en broma. “Nuestra única ventaja es que como no veías lo lejos que estaba la cima con lo que no te estresabas al ver lo que faltaba para llegar, sobre todo en la canaleta final en la que hay tierra batida que hace que avances a duras penas. Bueno, esa ventaja y que si llegábamos tarde y se hacía de noche los ciegos podíamos montar las tiendas de campaña como si fuera de día”, bromea Alfonso Fidalgo con un sentido del humor que siempre le ha definido y que un cuarto de siglo después mantiene tan vivo como el entusiasmo con el que narra aquellos días que acabaron con el regreso al campo base entre vítores de los montañeros que esperaban para iniciar su ascensión “que nos hicieron pasillo. Fue otro de los momentos inolvidables”.

Una cuarto de siglo ha pasado ya desde aquella gesta. Las ‘bodas de plata’ de un hito para la historia del que presume como sus compañeros de aventura. “Siempre tuve ganas de hacer todo aquello que el resto del mundo te dice que es imposible. Es mi carácter leonés. Soy cazurro en el sentido más etimológico de la palabra", asegura el campeón paralímpico leonés que ahora, un cuarto de siglo después, pone en valor aquella aventura "porque para acometer aquella expedición tuvimos unas ayudas mínimas, pero supimos adaptarnos a un medio hostil, al hambre, a la falta de sueño, a todas las dificultades y fue un orgullo que los montañeros profesionales que nos acompañaban dijeran que había sido la expedición que menos problemas les había dado”, recuerda Fidalgo que reconoce valorar más aquella ascensión cada año que pasa. “Nunca he sido de lamentarme por nada. Al contrario. Siempre he sido de disfrutar lo que la vida nos regala. La vida es mucho más bonita de lo que parece y con el paso del tiempo todo lo que he conseguido lo valoro más”, remata el deportista de Cembranos que reconoce que si se lo propusieran ahora “seguro que lo dudaría mucho más… pero acabaría diciendo que sí”. Y diría que sí porque él, desde que era un chaval de 18 años que se quedó ciego en unos pocos meses nunca renunció a hacer fácil lo imposible. desde que hizo las maletas aquel invierno de mediados de los años 80 y se fue con una camiseta de manga corta como rota de abrigo a estudiar al colegio que la Once tiene en Madrid. Lo que vino después ya es conocido. Mil retos y todos cumplidos.

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