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DIARIO DE UN CICLISTA... por Miguel Ángel Benito

Con la piel de gallina. Por fin, ya soy profesional

Con la piel de gallina. Por fin, ya soy profesional

No ha sido un buen día, pero hasta el camino más largo siempre ha empezado por el primer paso

lunes 02 de febrero de 2015, 00:12h

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El nuevo ciclista profesional de León transmitirá sus sensaciones a los aficionados. Ésta es la deliciosa crónica del ciclista del Caja Rural-Seguros RGA, en primera persona, desde dentro del pelotón del GP La Marsellesa, su primera carrera como profesional

l Triunfo de Lightart
Miguel Ángel Benito. (Foto: César F. Buitrón)
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Miguel Ángel Benito. (Foto: César F. Buitrón)

El día empieza bien. Desayuno a las 9:30 con risas, aunque había esa tensión en el ambiente que ninguno queríamos reconocer, no sé si por miedo a contagiar al resto o, incluso, para autoengañarnos un poquito.

Tras el desayuno volvemos a la habitación. Son esos momentos en los que cada uno realiza su ritual: ir al baño, cambiarse, estiramientos... En mi caso es sencillo: estar tranquilo, solamente poner la radio, que haya música ruido de fondo para no agobiarme en exceso por el momento, ir al baño, preparar el material necesario para a etapa, tanto el que llevamos puesto como el de repuesto que llevamos en el coche en carrera (otro día contamos lo que llevamos). A continuación tenemos la reunión con Eugenio, nuestro director. Elegimos una de las habitaciones más grandes para poder entrar los nueve: los ocho corredores y él. Allí nos dan las pautas para la jornada, hacemos repaso de años anteriores, experiencias en la carrera, los rivales y, por último, se nos asignan los roles a cada uno, que en mi caso es el de gregario, de quien debe estar atento a las escapadas poco importantes y anular las que nos puedan complicar la vida.

Una vez terminada la charla nos repartimos en los distintos vehículos y emprendemos viaje hacia la salida, son escasos 15 km en los que buscas sensaciones: ¿Estoy cansado? ¿He desayunado lo suficiente?, parece que las banderas ondean bien, hay aire, ¿he traído todo lo necesario?, ¿con que salgo a la carrera... chaleco, térmica corta o larga, con perneras o sin ellas"...

Cuando nos damos cuenta estamos ya en la salida rodeados de los que serán nuestros rivales. Nadie sale de los autobuses. Hace mucho frío en la calle. Vamos a intentar apurar para salir hasta el momento del control de firmas.

Emoción a flor de piel

Control protocolario de firmas y fotos con los aficionados. Muchos se sorprenden al ver una cara nueva. Con una lista de inscritos con 20 pliegues y mediante lenguaje de signos, con un español chapurreado, ,e piden que les indique quién soy.

Llega el momento de la salida. Se me pone la piel de todo el cuerpo de gallina. No sé si es por los nervios de la competición, por el aire gélido que recorre Marsella o porque, al fin, soy ciclista profesional de pleno derecho.

Salimos a ‘mil por hora’ que decimos los ciclistas. Las sensaciones no son buenas. Llevo cuatro días encerrado en la biblioteca y ya se me había olvidado lo que era pedalear y, sobre todo, a este ritmo. Salimos subiendo un puerto tendido de 7 km en el que se suceden los ataques. La boca me empieza a saber a sangre. Es el síntoma inequívoco de que el ácido láctico se acumula en las piernas. La carrera se lanza hasta que, finalmente, se hace la fuga de la jornada de la forma más inesperada. Dos corredores viajan por delante con el permiso del gran grupo. Por detrás otros dos ciclistas intentan darles caza una vez que se ha firmado ese tratado de paz no escrito que existe en el pelotón profesional. Es un momento de impás para tomar aire, echar un pis e incluso comentar con el ciclista de tu izquierda o derecha la jornada. No importa el idioma. Todos coincidimos en que la salida ha sido rapidísima, con 30 km de ataques seguidos y de contraataques.

Toca quemar las naves

Transcurridos unos 15 minutos el equipo francés Bretagne decide comenzar a dar caza a los fugados. El aire comienza a soplar de costado y todos nos percatamos de que las plazas libres hasta ese momento en cabeza de pelotón se ocupan de repente por manchas de diferentes colores. Intentamos agruparnos, llevar a nuestro bloque unido y cómodo, lo que implica "tragar aire", es decir sacrificar la comodidad de uno por la de sus compañeros. En este caso decido desenvainar primero y colocarme a la cabeza de los verdes. No es tarea fácil. Es una tarea agotadora, no sólo por el desgaste físico, sino también mental. Tengo que estar pendiente de mis compañeros , que sigan a estela con comodidad, la carretera y sus posibles sustos, agujeros, grietas o rotondas. Cualquier detalle que pueda provocar algún percance a nuestras maquinas es necesario evitarlo. Además, hay que prestar atención al francés y al belga que te intentan robar, a base de codazos, un sitio que tienes que aguantar con aplomo sobre tu manillar.

Llegamos al penúltimo puerto de la jornada. Allí se hace un corte peligroso y uno que es consciente de sus circunstancias decide quemar las últimas naves para que el resto de Caja Rural-Seguros RGA viaje con más comodidad hasta el momento clave. Los esfuerzos se pagan, necesito un respiro, pero me lo tomo en el momento menos apropiado. Pierdo contacto con el último corredor apenas unos segundos, pero la pendiente suaviza y el grupo se lanza. El aire sopla de cara y aunque sigo intentando llegar al grupo es difícil y el cuerpo no responde como debería. Lleva demasiados días de inactividad y eso pasa factura.

Toca sufrir

Los 30 km que quedan van a ser terribles. El frío se mete hasta los huesos. Vamos en la ‘grupeta’ todos con el mismo desdén deseando llegar a algún sitio caliente. No hay sensación más agradable que ver el triángulo rojo de último kilómetro. Sabes que tu auxiliar te espera con prendas de abrigo y un té caliente en la meta.

No ha sido un buen día, pero no pierdo las ganas. Hasta el camino más largo siempre ha empezado por el primer paso.

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