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DIARIO DE UN CICLISTA... por Miguel Ángel Benito

"Me duele hasta la mandíbula"

"Fue una pena que se nos escapara la victoria. Fue imposible controlar todos los saltos en cabeza"

jueves 05 de febrero de 2015, 03:13h

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"Apenas habíamos cubierto 200 metros cuando se lanzó el primer ataque y me colé en él. Sabía que hoy era día de ir por delante y lo hice"

l Kris Boeckmans se lleva la etapa
'Me duele hasta la mandíbula'

Comenzamos la jornada en silencio roto únicamente por el cierre de las cremalleras y corchetes de mi chaqueta y pantalón. Son las 8 de la mañana y no tengo ganas de seguir en la cama.

Me escapó a hurtadillas de la habitación mientras mi compañero sigue haciendo ruidos incomprensibles. Me imagino que este soñando con lo que nos espera ahí afuera. Las previsiones son algunas precipitaciones en forma de nieve y temperaturas entre los -2°C y los 4°C.

Bajo desde el séptimo piso, donde estamos alojados, con el ordenador portátil, un par de bolígrafos de distinto color y un par de folios. Voy a intentar aprovechar el rato que tengo hasta el desayuno para echarle un ojo a los apuntes.

A las 9:15 empiezan a bajar los corredores, compañeros y rivales. No estoy centrado y decido unirme a ellos.

Historietas durante el desayuno

El perfil de la etapa, la previsión meteorológica y las historietas que nos contamos cada día son el acompañamiento perfecto para mis cereales. Algunos compañeros deciden optar por un desayuno salado, jamón york o pechuga de pavo con tortilla francesa, arroz... Yo opto por un desayuno dulce, cereales con chocolate y tostadas con miel y frutos secos. No hay sobremesa tenemos apenas 45 minutos para estar en la reunión y todavía tenemos que preparar la ropa de competición. A todos nos asaltan las mismas dudas: ¿será mucho? ¿será poco? ¿Y si mejora?

Yo lo tengo bastante claro, voy a optar por quitarme todo el frío sin perder movilidad: camiseta interior de manga larga, manguitos (para mantener la temperatura de los brazos) y maillot de manga corta. Encima, un maillot de un tejido especifico impermeable que mantiene la temperatura corporal. De cintura para abajo es más sencillo: crema calentadora para proteger la musculatura y articulaciones, rodilleras y culote corto. Por último para poner la guinda casco sin ventilación para que no pase el frío, guantes y cubrezapatillas de neopreno, que ya lo decía Pereza: "Con los pies fríos no se piensa bien".

Las bolsas de ropa que van en los coches van llenas de prendas de abrigo. No queda nada en las habitaciones. Los auxiliares tiene mucho trabajo: dar masajes antes de la salida, preparar y organizar los puntos donde nos van a dar el mejor regalo de la jornada, un té caliente con miel dentro de nuestros bidones además de un surtido de barritas, geles y pastelitos.

Los viajes a los coches se suceden. Cambios de última hora, "¿me pongo esto?" , "voy a dejar aquello."

Atento a las fugas

Tenemos 1'4 km de neutralizada hasta el km 0 donde se da la salida real. La salida es pie a tierra porque las cunetas rebosan nieve y más de uno la piel que esta al aire completamente erizada.

Dan la salida. Apenas han transcurrido 200 metros y se lanza el primer ataque. Sé que hoy es día de ir por delante. Intento entrar en ese grupito de cinco corredores, pero un kilómetro más tarde nos adelanta como una exaltación un mini pelotón en formación de abanico que ocupa toda la carretera y tengo que esprintar para intentar meterme a resguardo del aire intempestivo que se cuela entre radios, cuadros y piernas de mis compañeros de jornada.

El velocímetro no baja de 55 km/h. Estamos volando hacia la meta y aún quedan 150 km. No sé qué va a ser de mí si en algún momento las fuerzas me fallan. Por eso, en el kilómetro 24, cuando la diferencia esta afianzada, me ‘escaqueo’ de un par de relevos mientras intento tragar el engrudo de cereales y chocolate que se niega bajar por mi esófago.

Esta dinámica se repite cada 20 o 25 km intentando entregar a mi organismo el torrente de energía que está desperdiciando en movernos a mi máquina y a mí a través de una comarca, en la que únicamente veo tubulares y puentes de freno. Hay una voz que me ata a la cordura, la de mi compañero Pello Bilbao. Me aconseja pero, sobre todo, me repite una frase: gasta lo justo. Ni un gramo de más. Y yo no puedo dejar de pensar que voy dando todo lo que tengo dentro. Ahora ya sé cuál es mi rol.

Cuando apenas faltaban 25 km entramos en un circuito urbano. Cuatro vueltas que se me iban a hacer eternas. Nada más entrar en el circuito me acerco mi compañero y le digo sin poder controlar el tono de mi voz: "Pello, pégate a mí. Si necesitas algo de mi bici, dímelo" pensando en posible pinchazos o caídas en las que su bicicleta quedase inservible.

Un esfuerzo final

Se nos escapa la etapa. Somos dos corredores para repartirnos los ataque de 45, no damos abasto y se nos escapa un grupo de 7 - 8 corredores al que ya no veremos hasta la meta. Cuando estamos a punto de entrar en los dos últimos giros, me pide ir bien colocado. Para ello no queda otra opción que tirar del grupo. Nos unimos cuatro corredores, cada uno de un equipo, para poner un ritmo de caza y yo de paso llevar a mi hombre bien colocado. Relevo, cojo aire, vuelvo a entrar al relevo, vuelvo a coger ahora menos aire… No me queda casi nada en el cuerpo. Me pongo de cara al aire por última vez antes de que mis piernas digan basta.

Mi compañero me da una palmadita mientras pierdo posiciones y me grita mientras me alejo que intente entrar en el grupo. Me oxígeno un par de minutos y encuentro algo de energía dentro de mi ser, la suficiente para dejar a mi compañero entre los 5 primeros corredores en el último kilómetro. No puedo más. Me queda un kilómetro hasta la línea de meta, las piernas me queman, tengo la boca como un estropajo porque apenas he bebido en el último tercio, pero tengo que aguantar, es fundamental para el equipo.

¡Qué agonía! Tras cruzar a meta me duele todo el cuerpo pero me llama la atención la mandíbula: la tengo agarrotada de la tensión acumulada en la jornada.

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